Posteado por: Pedro | 21 mayo, 2011

La revolución del Ágora

Hoy es 21 de mayo, víspera de unas nuevas Elecciones Municipales y Autonómicas por todo el país y, por tanto, jornada de reflexión según nuestra Ley Electoral. Llevo toda la semana dándole vueltas a esta entrada, redactándola en mi cabeza y tirando de la hoja recién escrita, sacándola del carro manual de una máquina de escribir, para desecharla y volver a empezar (ya sabéis que soy muy visual, así que sí, cuando me pongo a escribir mentalmente, me imagino delante de una Olivetti, no de un teclado o con bolígrafo en mano).

Pero a pesar de haber escrito y reescrito, tachado, borrado y vuelto a empezar unas cuantas veces desde el pasado domingo, no quería publicar esta nueva entrada hasta hoy. Sí, ya sé que es jornada de reflexión y que debería dejaros en paz con mis ideologías y pensamientos, pero bueno, al fin y al cabo, también es mi jornada de reflexión, previa a las elecciones y necesitaba publicar estas líneas precisamente ahora.

No voy a repasar los acontecimientos que todos ya conocéis (para los que no, os recomiendo buscar #spanishrevolution #acampadasol o #democraciarealya en Twitter). Algo, no sé aún muy bien qué ha empezado a gestarse o si ya había nacido con anterioridad, ha comenzado a latir con ganas de vivir. Disculpadme la metáfora, pero es como el recién nacido, extraído del útero materno, al que a lo largo de esta semana, le han dado su primer cachete en el culo, entre muchos están amamantándolo y empieza a estar jodido porque le salen los dientes y sus abuelas se están empeñando en que los patucos que tenga que llevar sean azules o rosas, cuando en realidad, lo que quiere es aprender a andar descalzo.

Y es que este nuevo ser humano, este movimiento apartidista, que no apolítico, ha sido concebido entre muchos y es, precisamente su promiscuo origen racional e intelectual, lo que le convierte en un ser fuerte en mentalidad, pero aún débil en constitución. Muchos esta semana se han empeñado en que antes de aprender a beber, ya probara el calimotxo; otros, insistían en que conociera las notas de la flauta y bailara al son de un perro –llamémosles perroflautas– antes de que fuera capaz de salirse solo de la cuna; unos pocos quisieron apuntarle a un colegio privado o público, antes de que hubiera escrito su primera pancarta con Caligrafía Rubio. Pero bueno, el niñ@ nos ha salido contestatario, llorón, rebelde con causa y listo, muy listo.

Explicar aquí como se hacen los niños por seguir con la metáfora sería, cuanto menos, un atrevimiento por mi parte, así que diré sólo que este niño no nació en ningún hospital, ni es el resultado de ningún experimento en probeta; no parece ni siquiera el resultado de un mal polvo o como muchos quieren hacernos ver, un error producto de que sus madres y padres, no tomaran medidas anticonceptivas. Este niño ha nacido en la plaza, traído al mundo en nuestras Sol, La Porticada, la de España… en nuestras Tahrir españolitas. Este niño es la revolución nacida en el Ágora.

Ágora (del griego ἀγορά, asamblea, de ἀγείρω, reunir) es un término por el que se designaba en la Antigua Grecia a la plaza pública de las ciudades-estado griegas (polis).

Y es que este niño viene gestándose por espacio de más de nueve meses, muchos más, lleva en el vientre de nuestras ideologías, de nuestros pensamientos desde mucho antes. No sé en vuestro caso, pero uno que es contestatario, idealista, thomasmorosiano, rebelde y un poco viva el Betis manque pierda, lleva con este niño dentro casi desde que empezó a pensar.

¡Ojo! Que lo que voy a escribir a continuación no se entienda como egocentrismo, que ya hay muchos egos engordando a base de vítores y megáfonos en mano, en muchas de estas acampadas ciudadanas. Este niño nació en mí, igual que lo habrá hecho en muchos de vosotros. Nació en mí con aquellas primeras lecciones de vida de mi abuela María, con aquellas charlas infantiles con mis padres, con la confianza de profesores como Ildefonso en la EGB o gracias a grandes maestros que me enseñaron a pensar por mí mismo (Conchi Aso en el I.E.S. Villajunco o Eduardo Nolla en la facultad).

Pero sobre todo, este niño nació de las pipas en el banco, sentado junto a Rodrigo o Joaquín, tratando de arreglar un mundo que ya no nos gustaba mientras, como loros, devorábamos. En mí, esta revolución que ahora se hace pública, se originó leyendo a Platón, Sócrates, Aristóteles, al gran Indro Montanelli y su “Historia de los Griegos”, a Marcuse, Marx, escuchando a Gabilondo, viendo Telemadrid o tratando de comprender los porqués de Intereconomía.

Anoche, mientras tomaba unas cervezas con mis mejores amigos, Pepa, Carlos y Ángela (¡qué bueno que volviste!), conversaba con Carlos sobre lo que había visto el martes pasado en Sol. Digamos que yo soy el “rojales” del grupo, como a ellos les gusta decir, pero esta revolución del Ágora, este niño, no tiene nada que ver con los colores, no es ni rojo, ni azul, ni verde, ni arcoíris. Por favor, sed conscientes de ello, este niño es la policromía, es del color que cada uno de nosotros queramos que vista.

Y termino con mi reflexión. Este niño, esta revolución del Ágora, debe sustentarse sobre las bases de la política, de la dialéctica, de la oratoria y de una representatividad de los preparados, de los sabios, del consejo de ancianos o de los Pin y Pon si queréis rebautizarlos así.

La política, del griego πολιτικος (pronunciación figurada: politikós, «ciudadano», «civil», «relativo al ordenamiento de la ciudad»), es la actividad humana que tiende a gobernar o dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. Es el proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de un grupo.

La revolución del Ágora tiene que hacer hueso y músculo sobre la política, sobre el “arte de lo posible”. Debe empezar a andar de la mano de los politólogos y entre todos, debemos elegir con qué políticos se relacione durante su vida eterna. Olvidémonos de que Zapaterito o Rajoycito, Esperancita, Tomasito, Llamacerisito o Zutanito serán nuestros mejores amigos; ellos tal vez le presenten a este niño a su primera novia, le pasen su primera revista porno, se enciendan con él su primer cigarro o le sostengan su primera borrachera, pero no debemos dejar, ahora ya no, que sean los que representen unas ideas que no son las nuestras, esas ideas que entre todos estamos pariendo o dejando salir de nuestra bolsa de pipas.

Esta revolución no debe morir en las plazas por más palos que nos den o lo mucho que huelan nuestros pañales. Sí, la mierda huele, pero tal vez los que se han cagado sean todos aquellos que mañana concurren a las urnas.

Mañana mí voto, vuestro voto, valdrá lo que valgan vuestras ideas. Mi reflexión, más allá de la Ley D’Hont, de la representatividad en nuestro sistema electoral, mucho más lejos de si el centro de Madrid o de vuestras ciudades es o no un macro botellón donde los barman son los anti sistemas, más allá de todo eso, mi reflexión es que mañana debemos seguir cambiando las cosas.

No sé si habrá arena de playa bajo los adoquines o los parquímetros como se ha escrito y cantado, no sé si aumentará el voto en blanco (aquí os dejo las diferencias entre no votar, el nulo y el voto en blanco), pero me da igual.

Mañana sé que saldrá el sol porque una nueva revolución ha nacido donde siempre deben hacerse, en el Ágora. Y mi voto será en blanco, porque al fin y al cabo, es del blanco, de donde pueden surgir todos los nuevos colores para el sol que imaginemos.

Seguro que ese nuevo sol iluminará con otra luz nuestro Ágora y nuestro mañana.

Posteado por: Pedro | 8 mayo, 2011

No sé si…

No sé si ocurrió el día que vi la decepción en la cara de mis padres, de niño, después de que me pillaran robando pelotas de tenis, bolígrafos y lapiceros en unos grandes almacenes.

No sé si fue en aquel partido de baloncesto, en el colegio, frente a los primeros de la Liga, cuando expulsaron por faltas a todos los jugadores de mi equipo y sólo quedábamos sobre el campo otro compañero y yo. Él, con cuatro personales y yo, bajito, rubito y con gafas, pero con la sensación de que podía hacer algo grande: recibí tres balones y conseguí anotar seis puntos más, los últimos, tras un empujón, lanzando el balón a canasta desde detrás del tablero. No ganamos aquel partido, pero mi entrenador y mis compañeros me levantaron a hombros por el esfuerzo.

No sé si sucedió en el momento en el que me arrepentí de haberme sentado en aquella ventana, con la intención de poner fin a mi vida y volví a entrar en mi habitación para enfrentarme a lo que entonces, para mí, era una desgracia: encontrarme solo, en una ciudad que me resultaba extraña, alejado de mis amigos y con la sensación de que mis padres me habían dado la espalda, llevándome a vivir a un sitio al que yo no pertenecía.

No sé si tuvo algo que ver que aquel día, mi vena contestataria bombeara más sangre caliente de lo normal y me levantara en medio del aula en la Facultad de Empresariales, delante de casi doscientos compañeros, para responder al catedrático que acababa de calificarnos a todos como “jóvenes gilipollas sin futuro“, hasta que le demostráramos lo contrario, contestándole que el único que era un gilipollas hasta que no nos demostrara lo contrario, era él.

No sé si esa maldita página del diario El Mundo, que bien podía responder por crónica, bien cumplía los aspectos formales y periodísticos de un reportaje sobre los restos del Ché, me llevó a suspender la asignatura de redacción periodística junto a otros tantos alumnos en primer curso de Periodismo y cómo, en la convocatoria de septiembre, saqué una de mis primeras Matrículas de Honor por puro orgullo.

No sé si fue hace ahora casi dos años, cuando mi anterior jefa, me despidió sin ser capaz de darme una explicación razonable o adujo una pérdida de feeling conmigo (porque eso queda muy bien una Directora General superosea de la muerte), en lugar de explicarme que habían excedido el crédito a un proveedor que se había declarado en suspensión de pagos, provocando que el negocio principal de la compañía, pasara de dar beneficios a pérdidas en un mes y que, al año siguiente, para tratar de acercarse a los objetivos marcados por Inglaterra, había que reducir costes fuera como fuese. “Lo siento”, terminó diciendo a lo que yo le contesté que el que lo sentía era yo porque, al fin y al cabo, era yo el que se quedaba sin trabajo.

No sé si será por amar como lo he hecho, entregándome por completo a cada una de vosotras, sin esperar nada a cambio y, en algunos casos, sin obtener la mitad de la mitad de lo entregado.

No sé si todo lo anterior será falsa modestia o lo parecerá, pero sí sé que por todo lo descrito y por muchas otras cosas, soy como soy, siento como siento, pienso como pienso y he vivido lo que he vivido.

No sé si todo o parte de lo que os he contado más arriba es el motivo que me lleva a tratar de mejorar día a día, consiguiéndolo y decepcionándome cuando no, sin descanso, con entusiasmo, con alegría, con pena, con ansia, con desesperación, con fervor, con deseo, con lágrimas, con sonrisas, con palabras y con silencios, con pausa, deprisa… con todo lo que llevo dentro.

No sé si os gustará esta entrada o no, pero es mía, necesitaba escribirla después de varios días sin sentarme al teclado.

Gracias por leerlo, por formar parte de mí, de lo que soy.

Posteado por: Pedro | 26 abril, 2011

Causualidades

Perdón que empiece así esta nueva entrada, pero me jode que el título, “Causualidades”, ya estuviera inventado y que además, se le atribuya entre otros a un tal Sánchez-Dragó en uno de sus libros. Disculpadme, pero la procacidad en la palabra creo que sólo se la consiento a los Clásicos. Casualidades de la vida, de eso quería hablaros.

Hagamos borrón y cuenta nueva. Pensemos por un instante, que el término en cuestión, sea un palabro formado por la integración de los términos “causa” y “casualidad”. Coincidiréis conmigo en que muchas veces, nos asombramos de las extraordinarias casualidades o coincidencias que nos depara el destino.

La aleatoriedad que se presenta tantas veces en nuestra existencia, se suma a todos esos otros momentos que nosotros elegimos cómo vivir. Somos dueños de nuestros actos y asumimos las consecuencias de éstos, entendemos las causas o el origen de nuestras acciones y hasta ahí, todo controlado. ¿Pero qué ocurre cuando nos encontramos con una casualidad?

Lo fortuito de las casualidades nos descontrola, nos deja solos frente a algo que no conocemos, completamente inesperado y de lo que ignoramos tanto su origen, es decir, su causa, como sus consecuencias o cómo afectará a nuestra vida lo que acontezca o provoque dicha eventualidad imprevista.

Lejos de seguir divagando sobre lo divino y lo humano del azar, quería contaros cómo me han afectado a mí las casualidades, escollos azarosos con los que aún hoy, sigo tropezando.

Causualidad parejil

C y yo, acabábamos de salir de un concierto. Se había hecho tarde y cerca del Palacio de los Deportes de Madrid, paramos a comprar algo de cenar en una de esas tiendas infernales que tienen de todo, abren todo el día y son carísimas. Imaginaros la situación: poco tiempo de relación y ese momento de la pareja en la que aún te excusas frente a tus amigos con la frase: “sólo nos estamos conociendo”.

Llegamos a la nevera de la comida precocinada, varias pizzas de varias especialidades.

Casualidad número 1: a los dos nos gustó la misma, de la misma marca y escogimos la segunda del montón, no la primera. ¿Extraño al menos, verdad?

Casualidad número 2: coincidimos en acompañar la cena con unas patatas fritas. No os voy a contar las variedades que existen en el mercado porque me imagino que ya las conocéis. Exacto, los dos elegimos las de sabor jamón.

Casualidad número 3: mientras esperamos para pagar, hojeo un libro y ella otro. Me extraña ver cómo, en lugar de mirar la portada, C se va directamente a la última página y lee. Desde pequeño, nunca puedo comprar un libro si su última frase no me transmite que debo leerlo y ella, ¡estaba haciendo precisamente lo mismo!

Más allá del agilipollamiento gonadal que caracteriza los comienzos de cualquier nueva relación, no me negaréis que son demasiadas casualidades.

Y ahora, os refresco nuevamente el título y me planteo lo siguiente: ¿no será que la causualidad, provocada en este caso por los cuelgatús y los puesyomás, sean la causa verdadera de considerar las manías o gustos alimenticios del prójimo como la coincidencia más maravillosa y única en la Historia del Amor (escrito con mayúsculas y letras doradas) y que nuestra casualidad era tan perfecta que nos uniría para siempre?

Hoy sé que no era así. Y no es que desconfíe del amor o que haya perdido la esperanza en él. Todo lo contrario, creo que el primer tipo de causualidad del que os hablo, es capaz de llenar nuestros corazones, haciéndonos únicos frente a otras parejas, especiales e irrepetibles. ¿No es maravilloso?

Causualidad espacio-temporal-laboral

Me imagino que también os sonará la siguiente expresión: “estar en el momento justo, en el lugar adecuado”. Seguro que se la habréis oído infinidad de veces a vuestros progenitores, esos seres insistentes por antonomasia y seguidores de la Hermandad del Clavo Ardiente.

Nuestros padres siempre han estado convencidos de que nos esperaba lo mejor y que sólo teníamos que llegar a la hora D, a la X marcada por el azar, en el transcurso de nuestras vidas. Perdonadme, pero aunque me considero de letras, el no haber hecho la primera comunión impidió que me regalaran el reloj con precisión cuántica, brújula y GPS vía satélite integrados. ¿Qué hora D, ni X en un mapa, ni qué niño muerto!

Y llegamos al segundo tipo de causualidad, muy relacionada con el espacio y el tiempo, pero sobre todo, en el ámbito de lo laboral. Os pongo en situación.

Servidor, recién salido de la Facultad de Periodismo, se enfrenta a la búsqueda de su primer empleo (y mira que insistí en encontrar el dichoso relojito fantástico antes, pero no hubo manera). Eran otros tiempos y había más oportunidades. Consigo mi primera entrevista de trabajo después de varios meses de búsqueda y justo cuando me estoy aproximando a la hora D, en la planta B, del edificio con mi X marcada, ¡me suena el teléfono y me convocan para otra entrevista, más interesante si cabe que a la que estoy a punto de asistir, en la otra punta de la ciudad, con muy poco margen de tiempo y encima, no tengo que ir de traje!

Buscar la causa o el origen de dicha situación es lo de menos. Al final, supongo que las probabilidades de que coincidan dos entrevistas el mismo día y casi a la misma hora, depende de lo que uno se haya movido previamente para conseguirlas. La casualidad hace que tengas que decidirte rápidamente.

Me metí en una cabina de teléfonos, me quité las gafas, arranqué mi corbata y varios botones de la camisa, hice aparecer la “S” de mi traje de Superman y la capa roja, me puse los calzoncillos rojos por encima del traje gris marengo y llegué volando a la segunda entrevista.

Y ni el trabajo era tan maravilloso, ni Lois Lane se convirtió en mi compañera, ni empecé mi profesión periodística en el Daily Planet. Perdí la oportunidad de pasar la primera entrevista; la segunda fue una broma muy pesada y al final, gracias a la perseverancia, otro día D, encontré mi primera X profesional.

Ya termino.

Hace tan sólo un par de días, he vivido una nueva causualidad, junto a un amigo y compañero de trabajo. Le prometí que escribiría esta entrada y por no dar muchos más detalles, me permitiréis la licencia de parafrasear un anuncio de televisión para contároslo:

“Salir de marcha con tus amigos: 60 €”

“Conocer a alguien por la noche: simpatía y un poco de labia”.

“Que la chica a la que besas esa noche sea la cuñada de una de tus compañeras de trabajo, entre cinco millones de madrileños… no tiene precio”.

Edu, causualidades de la vida, ¡qué le vamos a hacer!

Posteado por: Pedro | 22 abril, 2011

Pasos de lluvia

Apura la copa de vino que se ha servido hace no sabe cuánto. Mientras se enfunda sus vaqueros, esos que le hacen mejor culo, apenas recuerda por qué comenzó a ver esa película en la tele y tampoco le da mayor importancia a que su idea original era la de ir al cine. Le habían recomendado un ciclo de cine clásico, pero como siempre, le ha entrado pereza y aunque opina que los Bogart, Bacall o Hepburn, merecen ser vistos en la gran pantalla, ha decidido no salir de casa.

En su piso de alquiler, ese pequeño apartamento que después de un año ha conseguido hacer suyo, llueve casi tanto como en la calle. Es una expresión suya, la utiliza cuando se siente sola y echa de menos su casa, su familia y sus amigos. En realidad, cuando llueve dentro de casa es cuando ella llora, cuando las lágrimas brotan de sus ojos y resbalan por sus mejillas mezclándose con el regusto a barrica del vino que está bebiendo.

Estamos en abril y no se abriga, en realidad no hace frío. En esta ciudad al norte, las probabilidades de lluvia son tan aleatorias como lanzar una moneda. Mientras la cara y la cruz se voltean en el aire antes de caer al suelo, puede haber diluviado, salido el sol y vuelto a llover. Pero fuera el cielo se pinta de gris y ella ha dejado su paraguas, otro más, olvidado no sabe dónde ni cuándo.

Se anuda las botas, recoge sus llaves del vacía bolsillos de mimbre que alguien le regaló y que no hace juego con nada del resto de la casa, pero sigue allí, encima del mueble de la entrada. Toma la copa entre sus dedos y de un sorbo apura el último trago de vino. Sale, cerrando la puerta tras de sí y encaminándose a las escaleras del edificio. Le gusta el crujir de la madera bajo sus pasos, saltándose el último escalón de cada tramo, antes de cada rellano, como acostumbra desde pequeña y que algún esguince que otro le ha costado.

Cruza el portal sin saludar en el Primero a las vecinas que, en bata, discuten sobre las vueltas de la compra en el mercado. Tampoco responde al levantar de cejas de él, su apuesto vecino del piso de arriba, al que anoche, en torno a las dos de la mañana, oyó disfrutar acompañando los alaridos de su compañera de cama, otra diferente, como cada fin de semana desde aquél en que fue ella.

Sale.

La calle es la misma, pero cada vez, le parece distinta. Ha descubierto que depende del viento, de cómo le respire el mar a los adoquines, de si llueve, diluvia o escampa, de que los coches hayan aparcado en una u otra acera; depende del día de la semana: huele a blancos y pinchos los viernes, a fútbol y periódico los sábados, a viejo de camino a la catedral los domingos y a humedad, casi siempre.

Ha optado por no andarse con rodeos y sus pasos ya enfilan hacia la avenida principal. Pasa sin miedo al lado de la sucursal del banco, bajo cuyo tejadillo se refugió aquella noche en la que un joven, vestido con chándal y calado hasta los huesos como ella, le pidió veinte duros para pagarse la pensión. Ella, desconfiada, como siempre, metió la mano en el bolsillo porque se sentía generosa: había ligado esa noche y volvía a casa contenta, despreocupada y cansada. Ahora, mientras camina delante de los carteles publicitando el regalo de un ordenador por domiciliar la nómina, apenas recuerda el destello fugaz de la navaja que le rozó el vientre, el brillo de las doscientas pesetas cayéndose al suelo entre los dos o cómo el chico recogió la moneda mojada del suelo y corrió a ocultarse en la arboleda del parque, al otro lado del paseo marítimo.

Se da cuenta de que no lleva su música porque puede oír bramar a las nubes, cabreadas sobre la bahía, en un pulso por discernir quién está más enfadado, si el mar o el cielo. Apura el paso para llegar a la playa, dejando atrás el pequeño puerto pesquero y la desierta zona de bares, apenas frecuentada por algún borracho y unas cuantas parejas de gente mayor que terminan su cafés tras los cristales de las cafeterías.

Siente las primeras gotas sobre sus hombros justo al llegar a la arena, de un triste color marrón, compactada por la humedad de los chubascos de la mañana. No lleva reloj, pero sabe que son las siete de la tarde porque a esa hora, se recogen los veleros de la escuela. Pequeñas velas blancas que parecen pegadas sobre el horizonte gris y verde azulado, frente a la costa.

Duda entre descalzarse o caminar pesadamente sobre la playa. Piensa que si se da prisa, aún puede ganar la orilla, donde la pleamar se rinde lánguida a la bajamar, y andará más rápida mientras la espuma se retira cediendo ocres al paisaje. Desde que se mudó a la ciudad, ha dejado de tener prisa, pero sin embargo, camina apurada y resopla por el paseo, dándose cuenta en ese instante de que aún conserva en su boca el regusto al último sorbo de Ribera que mató la botella.

Y llega.

Ahora llueve con ganas, con fuerza, con rabia. Hace tiempo que ya no busca sinónimos cada vez que habla con su madre. “Mamá, llueve”, se ha limitado a contarle al teléfono por la mañana, cansada de explicar que los términos mucho o poco, han dejado de ser suficientes o válidos para expresar cantidad aquí. Se ha hecho una experta en chirimiris, calabobos, chaparrones, diluvios universales o unas simples gotas. Es tan relativo que ahora, tan solo le dice si llueve o no.

Se ha descalzado unos cuantos metros atrás, remangándose los vaqueros por la pantorrilla y sintiendo cómo sus pies se hunden en la gélida arena, remojada por el agua del mar mezclada con la caída del cielo. Siente frío, pero le reconforta, le activa el alma, como suele escribir cada vez que no encuentra una frase para describir uno de sus pocos estados de alegría.

Lleva un buen rato calándose hasta los huesos. En esta ciudad, la humedad te apuñala con finos bisturís líquidos que empapan el corazón. Ella lo sabe y ha aprendido a vivir con ello. Se sienta en la playa, dejando que el aguacero se desplome por completo sobre ella.

Cierra los ojos. Le invade el olor del mar cabreado. Siente las bofetadas del viento irreverente, tratando de despeinar su negra melena. La mezcla dulce y salada de gotas, empapan su ropa y mojan su piel. La arena le activa el alma y dibuja una sonrisa en su boca. Escucha la música, magistralmente dirigida por la victoriosa tormenta y ejecutada, nota a nota, por la instrumentación perfecta y sincrónica del oleaje.

Y todo lo demás, deja de importarle. Llueve.

Quién se lo iba a decir. Allí está.

Es ella… tú.

Posteado por: Pedro | 19 abril, 2011

Carne de altar

Hace unos días, una amiga escribe en Twitter:

“Me acaba de decir un compañero que soy carne de altar… aún me estoy recuperando, no sé si reír o llorar, ja, ja, ja”.

Mi primera reacción fue, como siempre, muy visual. Me vino a la cabeza el mostrador de una carnicería donde, como mi amiga, estábamos unos cuantos solteros expuestos tras las vitrinas, apilados entre casquería, carne picada y barras de chóped. Atendiendo, un carnicero rechoncho de mofletes colorados y frente a él, guardando la vez, una larga e interminable fila de carnívoros.

¿Qué te pongo guapa?”, pregunta el carnicero, cuchillo afilado en mano.

¡Nervioso, imbécil!”, contesta la primera clienta que, evidentemente, luce con orgullo su alianza de recién casada y que, en modo alguno, tiene interés en la oferta de carne de altar.

Y es que los que pasamos de la treintena, alguna vez hemos sido etiquetados, directa o indirectamente, con esta denominación de origen. Bien porque llevamos escrito en la frente: “¡quiero casarme ya!” o bien, por omisión, porque somos ese eterno soltero o soltera que colecciona complejos: de Peter Pan, porque nos resistimos a crecer; de Electra, porque buscamos a un novio y/o futuro marido que se asemeje a un padre o de Edipo, ídem pero buscando una mamá que nos quiera o nos soporte más de lo que ya nos ha aguantado la nuestra.

O esos nuevos complejos que acuño aquí por primera vez: de la Abeja Maya, porque llevamos ya unos años de flor en flor, venga a polinizar y polinizar, de capullo en capullo en el caso de ellas o sin terminar de deshojar la margarita en el caso de ellos. Aunque el peor de todos, es sin duda, el complejo del Mueble de Ikea, porque no hay Dios que nos entienda (ni con instrucciones) o no hay Dios que nos monte (y no me refiero precisamente a la destreza con la llave Allen).

Van pasando los años, hemos tenido alguna relación larga, alguna corta y no perdemos la esperanza. En mi caso, la verdad es que nunca he tenido la necesidad de firmar un papel para que mi pareja sepa que la quiero o para corroborar que ella me quiere a mí, pero claro, cuando el amor se acaba, volvemos al mostrador de la carnicería, esperando a un nuevo cliente o clienta que nos adquiera. Nuestros amigos, algunos solteros también como nosotros, se dedican a hacernos fichas técnicas, para tratar de servirnos en bandeja a la mesa de algún nuevo comensal y empezamos a oír eso de que se nos pasa el arroz. Y pensamos: ¡joder, si encima de que estoy rodeado de vegetarianas, tengo que andar pendiente del punto de cocción del arroz, creo que ni con Arzak de alcahuete salgo del mostrador!

Y que conste que al menos mis amigos, ponen todo su interés. De hecho, algunas veces hasta de manera involuntaria, como algunas semanas atrás, cuando quedé con dos de mis mejores amigos, un matrimonio fantástico, para tomar unas cervezas y mientras hablaba con ella, llegó una compañera de trabajo de él, nos presentaron y ¡se sentó a la mesa! Miré a mi amiga, buscando inquisitivo en sus ojos una respuesta a la presunta encerrona, pero su mirada me respondió que no tenía ni idea de qué iba la vaina. Pasamos una noche agradable y cuando nos despedimos, de camino hacia mi coche, previa colleja de ella a su marido, él negó que se tratara de una cita a ciegas. ¿Manía persecutoria?

Sigue pasando el tiempo, entramos y salimos de los carros de la compra porque nuestro nivel de exigencia está por las nubes, hasta que empezamos a bajar el listón porque como el perro del hortelano, ni comemos, ni nos dejamos comer. Llega el momento, en el que empezamos a pensar que FORNI-CAR es ese concesionario de coches que está a la vuelta de la esquina de la carnicería y nos resignamos a seguir esperando, porque aún nos queda el “amor propio”.

Poco a poco, vemos salir de la vitrina a nuestras amigas, sobre todo las que cuentan con las mejores pechugas, y a nuestros colegas con el solomillo más jugoso (por no resultar soez, pongo entre paréntesis la analogía con el rabo de toro). Pero el caso es que nosotros seguimos allí, con esa dichosa etiqueta clavada en el cogote: “OFERTA: carne de altar”.

¡Y luego están las madres! Bueno, en este caso, dejadme que personalice: y luego está mi madre. El otro día, disfrutando de mis sobrinos en el parque con mi hermana y mi cuñado, me acompañó al coche, me miró con ojos tiernos de madraza y me dijo:

Hijo, que te tengo que dejar colocado”.

Pensé para mis adentros que una de dos, o el tema de las pensiones está realmente mal y mi madre va a empezar a dedicarse al trapicheo o que su manía por el orden y la limpieza ha degenerado en un irreversible trastorno obsesivo compulsivo, es decir, volvemos al complejo del Mueble de Ikea. En resumen, lo tengo chungo.

Lo tengo decidido, como el movimiento se demuestra andando, he decidido quitarme toda la grasa, no vaya a ser que me vuelva correoso y duro como la suela de un zapato. Y voy a ver si el carnicero me coloca cerquita del nuevo género que ha entrado hace poco en la vitrina: dos buenos muslitos, con poco hueso, carne roja de corte fino y la pinta de ser muy tierna.

Por si acaso, me he guardado dos pastillitas de Avecrem en el bolsillo.

Posteado por: Pedro | 15 abril, 2011

Raúl

Esta mañana, al levantarme y cambiar el día en el pequeño calendario metálico que tengo en la mesita de noche, una reliquia, la única que conservo como recuerdo de mi abuela María, me he acordado de ti.

Es un 15 de abril más. Como cada año, desde hace siete que te fuiste, dejando huérfana a la provincia del mar de plásticos de tu espíritu libre, un corazón, un hermano que para mí es como un hermano y unos padres, los tuyos, a los que no puedo querer a medias porque siempre me acogieron con los brazos abiertos.

No quiero dedicarte ni una palabra de tristeza, no quiero volver a decir en voz alta lo que pensamos todos los que te queremos. La vida, esa gran mentirosa hija de puta, no se merece más que este párrafo para que sepa, una vez más, que nunca estaré de acuerdo con su decisión, por lo injusto y doloroso de tu pérdida.

Quería sólo recordar los momentos que ahora guardo para mí y que fueron nuestros porque tú los compartiste conmigo. Esa primera noche, en la que después de cuatro años haciéndome el remolón, descubrí vuestra esquinita de España, visitando por fin a tu hermano, mi mejor amigo, en nuestro último año de carrera.

“Al, niño, que me hagas un hueco, que termino de pasar unos días con mis padres en Huelva y bajo por fin a verte. ¡Qué sí, qué sí, que esta vez es de verdad, que te juro que bajo!

Me recogisteis en la estación de tren, no recuerdo el modelo de coche, pero sí que tenía un buen abollón en un lateral. La noche era cálida y pegajosa. Abrazos, un apretón de manos y por fin estaba en Almería. Me llamaron la atención esos ojillos tras tus gafas, esa cara de buena persona, delgado en estructura y risueño en presencia, alegre, como siempre.

Fuimos a cenar algo, desde el coche, en ese restaurante de comida rápida que tantas y tantas veces frecuenté después. Ahí descubrí tu gran sentido del humor, tu espontaneidad y cómo eras capaz de hacer de cualquier momento sencillo, como pedir hamburguesas a través de un interfono, un cachondeo.

“Hola, buenas noches, nos pones unas hamburguesas. Las mías con patatas Delujo

Y la chica que no se enteraba, así que como si la conocieras de toda la vida, le explicaste:

“Sí niña, patatas Delujo, de esas Deluxe que ponéis aquí”.

Yo me partía, tu hermano no sabía dónde meterse y la chica debía alucinar. Pero después llegó lo mejor:

“Oye, tienes una voz muy bonita, tú no serás de esas que habla en las líneas porno, es que me suena tu voz, yo creo que te he llamado alguna vez”.

Ahora era Al el que se tronchaba, a mí me faltó poco para mearme encima.

Después de esa primera noche, vinieron muchas más, muchas noches de copas, confidencias, tus cigarrillos de la risa, pero siempre buen humor, siempre esa sonrisa, siempre esos brazos abiertos en la estación cuando llegaba, siempre esos brazos abiertos que me despedían cuando volvía a Madrid.

Recuerdo tu boda, vuestra boda, los preparativos en casa de tus padres y cómo parecía que todo aquello no iba contigo. Nunca he conocido a nadie que rezumara tanta tranquilidad y alegría contagiosa en uno de esos momentos, la boda de uno mismo, en los que el temblar de canillas y la congoja retratan al más pintado entre los sangre de horchata. A ti no, tú disfrutabas del momento, tratando de arreglarle la corbata a tu hermano, echándole piropos a tu madre o atendiendo a María y Enrique, siempre por y para los demás.

Es una pena no poder añadir aquí la foto que tengo en papel con Merce y contigo: es una de mis favoritas. Refleja la FELICIDAD en mayúsculas. Creo que ese día, aquella noche, tu ser, tu personalidad brillaba en su máximo esplendor. Estabas allí, rodeado por todos los tuyos, haciéndola feliz a ella, pero aún así seguías derrochando alegría a raudales para que los demás la absorbiéramos, haciéndola propia.

Ahora estás en ese maravilloso y recóndito rincón de Albacete, Riopar Viejo, entre naturaleza, en ese sitio que es tan especial para los tuyos; estás en la playa, en el mar y sobre todo, en nosotros. Bajé a despedirme de tí y poco tiempo después, para que tu hermano tuviera su regalo de cumpleaños, el más triste de todos los que cumplirá, conseguí que tu tocayo futbolista le regalara su camiseta, al terminar el Mallorca-Real Madrid, que inauguraba la Liga de aquel año.

Luz blanca, alegría, espíritu libre. Así eras. El Carpe Diem hecho persona.

Te echamos de menos.

Posteado por: Pedro | 14 abril, 2011

Risas y sonrisas

Dedicado a Sol / Paloma.

Decía en el primer post de este blog que había dejado de escribir por el mero placer de hacerlo y que, en parte,  había sido causado por el abandono momentáneo de la lectura. Hoy me he dado cuenta de que haberme dejado huérfano de esas dos actividades: leer y escribir, también ha provocado que me olvidara de dos sensaciones muy agradables: reír y sonreírse.

Un libro, que recomendaré al final porque creo que lo justo es dejar lo mejor para el final, ha sido el causante de que haya recuperado la HILARIDAD en mayúsculas. En las veinte primeras páginas, he recobrado el gesto de la sonrisa, no sólo porque me he visto reflejado en algunas situaciones o porque la frescura con la que están escritas, me han recordado que tengo músculos en la cara que deseaban retomar su movilidad, sino también porque me han traído una brisa fresca al rostro, como el que se lava la cara por la mañana, con agua fría, para desperezarse.

Y ese gesto, sonreírme, ha desatascado en mi memoria otras risas, otras sonrisas del pasado reciente y del olvido lejano. He disfrutado, mientras leía, recordando cómo cuando iba a la facultad de Empresariales, a estudiar algo que detestaba, no podía evitar esbozar una mueca cómica, mientras que a través de los auriculares, un locutor con pseudónimo de animal marino, desgranaba broma tras broma en las ondas. Entonces, yo miraba alrededor y en el silencio sonoro de mi aislamiento radiofónico, veía caras serias, tristes o compañeros adormilados, incapaces de compartir conmigo aquellas sonrisas. Eran mías y de tantos otros oyentes desconocidos.

O algo que ha dejado de sucederme y que otrora era muy común, vomitar una risa en plena calle recordando alguna situación hilarante, ese contarme chistes internos, como se decía en mi casa, para desbocarme a gusto la mandíbula sin que nadie más supiera el porqué. Pero también han venido a mi mente, esas otras sonrisas, en ocasiones acompañadas de lágrimas de alegría, al no caberme en el pecho los sentimientos hacia ellas, ésas que en un momento se apoderaron de mi corazón y junto a las que lo gasté de insuflar amor.

Reía también, sin poder reprimir a continuación la emoción, con tantas y tantas otras cosas: una imagen triste en el informativo, una historia de superación personal, un niño chino esnucándose de sueño, una ventosidad ajena o ¡qué coño! hasta con un bailarín de un concurso televisivo que evitaba una nominación, bordando una coreografía. Reía  y me acongojaba hasta con los éxitos deportivos previsibles. Fueran victorias o fracasos, reía.

Había olvidado reconocerme en la sonrisa que me provocan las pequeñas realidades de la vida: ser un voyeur de la felicidad de los que me rodean; de los textos que leo, de las películas que disecciono o de las risas y sonrisas de mis seres queridos, entre ellas, las más recientes de mis sobrinos Daniela y Pablo.

¡Gracias! a quien van dedicadas estas líneas. Gracias a sus líneas, he recuperado la sensación de todo lo anterior y por ello, no puedo por menos que sonreír y terminar ya este post, para volver a reírme, a descojonarme (sin perdón) terminando de leer su novela.

N. del B. (Nota del Bloguero): el libro del que os hablo es “La novia de papá” (Plaza & Janés) y su autora, Paloma, un soplo de aire fresco cada día. Os recomiendo su novela, es una dulce delicia que devorar con los ojos y leer con el corazón. Y como no, sonriendo, os aseguro que… ¡os hará reír!

Posteado por: Pedro | 11 abril, 2011

Medallas

Como solo en un restaurante madrileño, de esos de cadena, donde pidas lo que pidas, todos los días la comida me sabe igual, ya sea una pallarda o un sándwich, una parrillada de verduras o un batido de yogurt con arándanos, pero es que tengo que volver al hospital y cambiar el dichoso ticket de la hora; he dormido sólo tres horas, entre mareo y mareo, cambios de gotero, suero, paracetamoles y “ahuecamelaalmohadas”.

A mi lado, conversan dos chavales con edad indefinida entre los 14 y los 35, que bien podrían estar de peyas para comerse unas tortitas con nata, o haber salido de cualquier empresa super osea de la zona para su ingesta diaria de grasas. Bueno, mejor dicho, uno escupe incendiado una proclama y el otro le observa, entre asertivo y acojonado, pero totalmente entregado a sus palabras.

“¡Es que tiene cojones tío! Resulta que se van en una misión conjunta con otro país, bajo el mando de la OTAN, pero nosotros vamos en misión de paz y ellos entran en combate. A ellos cuando vuelvan les darán una medalla y nosotros, por defender la zona, ni las gracias”.

Le miro de reojo y corroboro que no se trata de un político de labio leporino y bigote. Tampoco tengo al lado a un diplomático, de los que aprueban intervenciones militares y luego se sientan en una mesa a negociar rendiciones, con un país asolado y los inevitables daños colaterales.

Pero en mi cabeza, entre bocado y bocado a lo que sea que esté comiendo, tal vez por el cansancio, sólo se ha quedado una imagen: el momento de las condecoraciones y las medallas, insignias al valor, pins, chapitas, floripondios  o como se llamen.

Vivimos en una existencia cuasi olímpica, donde hay que ser un verdadero atleta para llegar a todo, saltarse las zancadillas y aguantar las hostias. El “citius, altius, fortius” imperante, lo vadeamos como buenamente podemos cada día, obteniendo la recompensa de llegar al día siguiente con algún achaque y, en ocasiones, habiéndonos colgado una medallita y los fumadores, echándose un cigarrito para el pecho, por lo bien que lo han hecho.

El chico de la mesa de al lado está muy preocupado porque a nuestros soldados, cuando vuelvan de Libia, Afganistán, los Balcanes, o donde quiera que les mandemos la próxima vez, no les condecorarán. Y yo, que últimamente empatizo hasta con las piedras, reflexiono y me acuerdo de un compañero que, de tantas medallas que se ha colgado en la oficina, tiene escoleosis. El pobre.

Me dan ganas de pertrecharme con pajita y cuchillo en mano por si las moscas, acercarme al chico y explicarle que el éxito consiste en VOLVER, sin condecoración, pero vivo; contarle que las insignias a título póstumo combinan fatal porque no te las ponen en la solapa del uniforme, sino sobre tu caja de pino; que tenemos tendencia a decir lo buenos que son los demás cuando ya no están y que, en el trabajo, por ejemplo, es preferible gozar de una buena higiene postural, porque tan mala es la escoleosis por el exceso de metales al cuello, como el lumbago provocado por agacharse a chupar culos ajenos.

Me gustaría abrirle los ojos para contarle que las medallas pesan, pero los éxitos personales y la autosatisfacción por las cosas bien hechas son recompensas más ligeras. Decirle que superarse día a día o sobrevivir a nuestra cotidianeidad, ya es un premio en sí mismo que pocos valoramos, pendientes de la palmadita en el hombro o del pin en la pechera.

Termino de comer, pido la cuenta y me marcho.

Posteado por: Pedro | 7 abril, 2011

Chocolate con porras

Hace unas horas, operaban a mi padre y después de haber dormido a duras penas, un par de horas, quería escribir esta entrada como agradecimiento a todos los amigos y compañeros que os habéis preocupado por su estado de salud. Espero que disculpéis alguna incongruencia o patinazo, pero la falta de sueño pasa factura.

En mi familia, antes de que cada uno tomara su calle de En Medio, mi padre y yo éramos de chocolate con porras y mi hermana y mi madre, de chocolate con churros. Y os preguntaréis qué tiene que ver esto con la operación de mi padre, así que trataré de explicároslo.

Eran las tres de la tarde, en una clínica madrileña que bien podría haber sido el escenario de “Psicosis”, por lo lúgubre, cutre y anticuado de las instalaciones. De hecho, alguna que otra legaña en el ojo, no me impide recordar ahora alguna enfermera con pinta de Norman Bates, en su papel de madre, pero con bata blanca, en lugar de una de guatiné.

Mi padre, un recién llegado a los sesenta y un tacos, sin parecerlos, es un tipo de esos que se podría clasificar como “madurito interesante”, pero claro, el sex appeal de cualquier hombre, por atractivo que sea, desaparece bajo una bata de color indescriptible, semitransparente y con el trasero al aire. Y ahí estaba él, yéndose la pata bajo gracias a un enema para limpiarle, con los bajos afeitados, dispuesto a pasar por el quirófano para una urodinamia que, en realidad, es un corta-pega, un quita y pon de un trozo de la uretra, que le permita expulsar mejor las piedras que, constantemente, se le forman en esa cantera que tiene por riñón.

Después de despedirme de él con un beso y ver cómo se lo llevaba al quirófano un celador, de esos que salen sólo en las series americanas, alto, guapo, impoluto, fuerte y hasta un poco gay, devoré unos Doritos y un refresco light, esperando a que pasara rápida la hora y media de intervención.

Finalmente, tras visitarme el doctor Casita de Muñecas (cualquier parecido con “House”, hubiera hecho de este apelativo algo sangrante hacia su persona), pude saber por el tipo bajito que todo había ido bien, pero que aún tardarían en bajarlo a la habitación. Eran ya las once y media de la noche.

A eso de la una menos diez, otro celador, el de en medio de los Chichos, pero con mascarilla, le bajaba por fin a la habitación, revisaba junto con dos enfermeras -una Cenicienta y la otra, la prima fea de la madrastra de Blancanieves- que todo estaba correcto y le dejaban allí, más entubado que una máquina de procesado cárnico, con los trastos rasurados, pelón, pelón como el culito de un bebé y jodido, para qué engañarnos.

Conseguí sacar un sándwich de la máquina y me lo comí a escondidas, por aquello de la solidaridad con el que lleva suero en vena, mientras que, por primera vez en muchos años, escuché a mi padre hablar de su madre, mi abuela María, a quien una señora de la UCI, le había recordado, por tener la misma costumbre de colocarse un pañuelo húmedo entre la nariz y la boca, para respirar mejor.

Acto seguido, el cachondo de él, porque mi padre siempre ha sido un cachondo serio, de esos que te sueltan una broma y no sabes si estás sangrando de la puñalada o te han contado el mejor chiste de tu vida, empezó a marearse, a intervalos de dos horas, es decir, a las 3 y a las 5. Cenicienta, la enfermera potente, ha venido las dos veces, le ha cambiado sus drogas y bueno, hemos aguantado el tirón. Pero lo más gracioso de todo es que entre dolores, sus partes afeitadas, lo cutre de la clínica, el camastro en el que he mal dormido y sobre el que aún dormitaré mínimo otras dos noches y todos vuestros mensajes de ánimo, mi padre, el cachondo serio, decía que lo único que le iba a curar todos los males era un chocolate con porras.

Voy a ducharme y me vuelvo a la pensión Bates. Papá, perdóname por airear sin bata tus vergüenzas, pero si alguna vez lees este blog, sabrás que mi necesidad de dar las gracias a todos vosotros, ha vencido a la discreción y al sueño.

En cuanto a lo del chocolate con porras… ¡marchando!

Posteado por: Pedro | 5 abril, 2011

Peter prefiere no subir escaleras

No, no es que me haya vuelto un vago redomado, ni que a tan solo tres días de haber empezado nuevamente la “operación lorza” (eso del bikini es para los fisnos: yo doy muy mal en topless), haya tirado la toalla. No estoy hablando del ascensor nuevo de mi comunidad, ni tampoco del dolor de espalda que últimamente me aqueja.

Esta segunda entrada es una reflexión sobre un tocayo mío, al menos en apellido o tercer nombre: Laurence J. Peter, que allá por el 69 (gran año por otra parte), tuvo la brillante ocurrencia de escribir un libro que tituló “El Principio de Peter” (The Peter Principle, editado por Debolsillo en 2003).

La máxima de este librillo reza: “en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Dicho esto y antes de seguir adelante, quiero dejar claro que no estoy haciendo una revelación subversiva contra nada ni contra nadie, no vayamos a liarla.

El caso es que esta tarde, dándole vueltas a la frasecilla de marras, me ha venido a la cabeza la imagen de ese tendero o tendera, subido a su escalera en un mercado de barrio, tratando de alcanzar un dichoso bote de no sé qué, del estante más alto, en el rincón más recóndito de su tienda. El cliente, como siempre con algo de prisa, se presta en la ayuda y peldaño a peldaño, sube por la escalera hasta toparse con ese tremendo culo del propietario/a del establecimiento.

Dice Peter en su libro, “que el ser humano, si quiere rescatarse a sí mismo de una futura existencia intolerable debe, en primer lugar, darse cuenta de a dónde le conduce su insensata escalada“. Por analogía, dime a qué peldaño subes y te diré cuán cerca estás del tremendo pandero del tendero/a. O traducido al castellano coloquial, no pretendas escalar en la jerarquía sin mirar antes qué culo puedes tener encima; al final, el que sabe dónde está el bote que necesitas, es el dueño de la tienda, o debería.

Y es que por otra parte, parece lógico pensar que en estructuras muy jerarquizadas, es decir, en escaleras con muchos peldaños, si tienes un trasero delante, siéntate en tu escalón y dedícate a mirar hacia abajo, no vaya a ser que al de arriba, bien se le caiga el bote en tu cabeza porque haya alcanzado su nivel de incompetencia (o sufra de vértigo), o bien haya comido fabes el día anterior y te caiga un marrón (perdón por lo visual y escatológico de la metáfora).

Si la tienda se llena de clientes, siempre puedes mantenerlos a raya, entreteniéndote con los botes de los estantes inferiores desde tu posición, sin que nadie más se ofrezca a subir y la escalera parezca uno de los interminables tramos del metro de Plaza de España en hora punta. Pero ojo, ten cuidado no mires demasiado las etiquetas, no vaya a ser que al final tú también, en tu atalaya, hayas alcanzado tu nivel de incompetencia.

En una empresa donde la cadena de mando es muy larga, es decir, donde la escalera tiene numerosos peldaños y sólo un estante superior, el principio de Peter hará estragos: cada vez más clientes esperando, el tendero/a que no alcanza el bote que le habías pedido y tú, aburrido de no subir, ni poder bajar, entreteniéndote en los ingredientes del bote de sofrito (¡y trabajo que te quito!).

Decía mi tocayo que su deducción se obtenía de un minucioso análisis de cientos de casos de incompetencia en las organizaciones; ¡vamos que como me ha pasado a mí esta tarde, se tiró pensando en culos de tenderos y clientes un buen rato! Estos análisis daban explicación a los casos de acumulación de personal porque al final, el trabajo es realizado por todos aquellos empleados que no han alcanzado su nivel de incompetencia.

Culos, tenderos, clientes con prisas y botes de sofrito a parte, ¡virgencita, virgencita, qué me quede como estoy! Se trabaja muy a gusto en una planta baja.

Pedro dixit.

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