Posteado por: Pedro | 30 mayo, 2012

¿Nos hacemos los suizos?

Sí, ya sé que la expresión correcta es “hacerse el sueco” o lo que es lo mismo: desentenderse, hacer como que las cosas no van con uno, pasar desapercibido, no implicarse… Pero esta nueva entrada va justo de lo contrario a lo que hacemos en nuestro país, va de propuestas, va de ideas que podríamos intentar o bien copiar, versa sobre el benchmarking transnacional; en resumen, sobre cómo tratar de hacer que las cosas funcionen un poco mejor.

Recientemente, he pasado unos días visitando a la mejor amiga de mi novia Marta (¡Bea gracias por la acogida!). Nacida en Zúrich, de padres leoneses, ha vivido prácticamente toda su vida en Suiza. Se ha hecho persona allí y aunque le encanten los zumos del Mercadona y el tomate Orlando, no deja de ser más suiza que las Victorinox.

Allí, cuando eres un enano, te educan en la diversidad. Suiza, por su histórica neutralidad, recibe inmigración de muchos países de todo el mundo; desde refugiados políticos del Líbano o de los Balcanes, hasta una gran masa trabajadora de países que están atravesando sus respectivas crisis como Grecia, Portugal o España. Los niños suizos acuden a la escuela y se encuentran en minoría cultural, religiosa y étnica. Cada día, se saludan en las lenguas oficiales: alemán, italiano y francés, además del dialecto suizo-alemán, pero también dan los buenos días a sus compañeros de otros países en sus propios idiomas y así, no es raro, que aprendan las palabras básicas de cortesía en español, portugués, eslavo u otros. Van creciendo en la creencia de que no son mejores por haber nacido en un país mucho más rico, que no tienen más derecho a la educación por ser caucásicos o ser suizos de nacimiento.

Con el paso de los años, todos estos niños reciben la visita de un policía en su aula. Con una canción aprenden a cruzar la calle y muy concentrados realizan sus primeras prácticas acompañados en una carretera secundaria. Después, uno por uno, aprenden a mirar hacia ambos lados, antes de cruzar la calle en una carretera con más tráfico. Como premio, todos reciben un chaleco reflectante (por favor, poneos en la mente de un crío que recibe semejante trofeo) y desde entonces, auténticos micos que no levantan más de dos palmos del suelo, indican con su mano extendida a los coches que se detengan porque van a cruzar y no sólo eso, ¡los coches les hacen caso y se detienen!

Y hablando de los coches, sea porque los conductores han aprendido desde niños una educación vial en condiciones o fuere porque existen radares como buzones de correos cada x metros, ¡se respetan los límites de velocidad!

Radar fijo en Zurich

Y no sólo eso, sino que además, ¡no existe la doble fila! Los propios conductores pueden aparcar en determinadas zonas, algo similar a nuestras tarjetas de residentes, pero si por ejemplo, aparcan en una zona que no les corresponde, sobre el salpicadero del coche, seleccionan manualmente, en un indicador de cartón, a la hora a la que aparcan, de modo que pasado un tiempo determinado, deben retirar el coche de esa zona o arriesgarse al pago de una multa. ¡Son ellos mismos los que dicen a qué hora llegan y conscientes de la limitación de tiempo, retiran el coche antes de que se cumpla el plazo! Desde luego la picaresca es algo muy nuestro.

No voy a repetir aquí las cifras del paro juvenil en nuestro país. Vale, que como dice mi padre, no podamos comparar la población y la riqueza de Suiza con España, pero allí, cuando un adolescente llega a los 16 años tiene la posibilidad de firmar su primer contrato laboral por un periodo de tres años. Hasta que cumple los 19 años, el joven completa sus estudios al tiempo que adquiere experiencia y práctica trabajando; tres días por semana trabaja en el área de interés relacionado con sus estudios y los otros dos días, continúa estudiando hasta obtener antes de cumplir los 20 años, el equivalente a un título universitario, pero con la ventaja de haber adquirido tres años de experiencia profesional. No ha lugar al absentismo escolar puesto que en esas edades tan complicadas, donde nos parecemos más a un pavo u hormona con patas que a una persona, las ausencias, bien al trabajo o bien a los estudios, han de estar justificadas no sólo por el centro de formación, sino también por un supervisor o jefe en su empleo. Igualito que nuestra Formación Profesional o los precarios contratos basura o de prácticas.

Y para colmo, también desde los 16 años, durante el aprendizaje, las empresas motivan a los jóvenes para que no fumen, sean fumadores o no. Al finalizar cada año, aquellos adolescentes que hayan dejado sus pulmones libres de humo, reciben una compensación económica de mil Francos suizos que el premiado empleará en agasajar a sus compañeros de oficina con una cena. ¡Aquí somos más del “cigarrito pa’l pecho por lo bien que lo hemos hecho!”

Podría seguir y seguir, pero me quedo con las vistas del Lago de los Cuatro Cantones (en Lucerna)

Lucerna

y con la barbacoa en casa, en la terraza del piso de Bea. ¡Sí, sí, barbacoa en un piso! Allí casi todos tienen una barbacoa de gas, que permite cocinar verdura, carne o lo que a uno le apetezca, sin aceite, sin apenas humos, sin molestar a los vecinos con ese olor a fritanga tan “typical Spanish”. ¡Y por cierto!, cada ciudadano compra sus bolsas de basura al gobierno directamente, de modo que todos los desperdicios han de depositarse en éstas, bajo pena de multa de no hacerlo así y de paso, se recicla, se ahorra en impuestos de basuras y se mantiene limpia la ciudad.

Con todos mis respetos hacia los escandinavos… ¿nos hacemos los suizos?


Responses

  1. me pelo….jajajajajajaajaja ya te contare una anecdota del tomate orlando que me trajisteis!!!!!


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