Posteado por: Pedro | 10 mayo, 2012

¿Te reúnes o trabajas?

Siempre me ha gustado leer las viñetas del gran Forges en el diario El País; me hacían gracia sus monigotes de trazo simple, esos personajes de grandes nasos, pero sobre todo, el contenido de los bocadillos a través de los cuales hablaban y que realmente daban el contenido al dibujo.

Recuerdo y a menudo, he comentado con compañeros de trabajo, una viñeta en la que un empleado preguntaba a otro: “¿te reúnes o trabajas?“. Esa cuestión, paradigma del desarrollo organizacional básico en cualquier empresa es hoy en día una de las muestras más evidentes de cómo se están haciendo las cosas en muchas compañías españolas.

Vienen a mi memoria, en mi pasado profesional más reciente, interminables reuniones en las que se exponían argumentos desordenados, puntos de vista a lo “Sálvame“, es decir gritando y tratando de aplastar con decibelios lo que la razón no sostenía ni con alfileres, sólo por el hecho de aparentar que lo que uno decía era más importante que lo que exponía el resto.

Recientemente, también revivo cómo directivos, de esos nacidos del “padrinismo, el enchufismo o el por ser vos hijo de quien sois“, abandonaban reuniones convocadas por ellos mismos porque una comida urgente y 45 minutos de siesta les reclamaban en sus aposentos. Aún frescos en mis oídos permanecen esos infernales sonidos de Blackberry, Iphone, Ipad o similares que les avisaban de que la langosta servida en sus casas por el servicio doméstico no podía esperar. Esos mismos directivos (y os recuerdo que la etimología de la palabra tiene raíz latina, aludiendo a quien dirige, del vocablo “dirigere” que significa ordenar en muchas direcciones, es decir, una tarea eminentemente administrativa) que nos reunían para preguntar únicamente por resultados, sin tan siquiera ser capaces de sumar dos más dos.

“Está vacilándonos”. “¿Va de listo o qué?”. “¡Joder con el nuevo, qué fuerte empieza!”

Éstas y seguro que muchas otras reflexiones debieron pasar por la cabeza del primer equipo de trabajo que tuve el placer de dirigir, cuando convocados con anterioridad a nuestra primera reunión, recibieron en sus correos electrónicos un “orden del día“, puntos que seguiríamos posteriormente con meticulosidad, reloj en mano y orden.15 minutos escasos de reunión, las labores repartidas, los mensajes explicados con claridad, ruegos y preguntas finales, y todo al mundo a trabajar con la sensación de haber sido escuchados y no haber perdido más tiempo del estrictamente necesario, lejos de aquellos “ejercicios comerciales” que tanto gustaban a uno de los jefes y que podían prolongarse por horas y horas.

Lamentablemente, aquello de la gestión del tiempo, en la que tantos otros dirigentes recientes han invertido cantidades ingentes de dinero de sus organizaciones, para enseñarme/enseñarnos a emplear bien nuestras horas en el puesto de trabajo, no se les pegó en absoluto. Confundían el “orden del día” con el “menú del día” sin el que nos quedábamos o que aún tratábamos de digerir en nuestros estómagos, cuando nos convocaban a inaplazables reuniones a la hora de comer o inmediatamente después… El sopor hacía el resto.

Reuniones que solían empezar tarde y acabar todavía más tarde; convocadas mal y pronto, no en cuanto a horario se refiere (“a quien madruga, Dios le ayuda“), sino con la improvisación del que no puede ocultar sus carencias porque no sabe, o de quien debe rendir cuentas posteriormente al ser superior, sin saber sobre tales o cuales asuntos.

Ahora que tan preocupadas están las empresas por la reducción de costes, aún a costa del principal activo de sus compañías: el humano, me gustaría terminar esta nueva entrada con una reflexión numérica muy simple.

  1. Si un trabajador tiene un salario bruto anual de 30.000 €.
  2. Si una cifra aproximada de horas laborales por año trabajado podría ser de 1.740 horas.
  3. Al dividir, obtenemos que cada hora de trabajo de ese empleado, le cuesta a la compañía 17 €.
  4. Supongamos ahora que la empresa tiene 1.000 empleados.
  5. Y que cada empleado dedica un promedio de 2 horas semanales a reuniones infructuosas, inútiles, mal convocadas, pésimamente organizadas e improductivas.

La empresa estaría desperdiciando un millón y medio de euros anuales en reuniones. Una cifra escandalosamente preocupante como para detenerse a reflexionar en si merece la pena reunirse o trabajar“.

¿No os parece? Os dejo… tengo una reunión.


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