Posteado por: Pedro | 18 julio, 2011

De idiomas y lenguas

Se habían encontrado porque sí, una noche cualquiera. Él, de juerga con sus amigos, aburridos de una fiesta que no tenía demasiada sustancia y ella, volviendo a su casa, después de una cena algo más tranquila con compañeros de trabajo.

Después de un par de miradas a los ojos, de esas en las que te comes a mordiscos la boca del mirado, el se atrevió a preguntarle de dónde venía, ya que por su acento, si bien le había quedado claro que no era de Madrid, le tenía desconcertado. Ella, en pleno juego de seducción contestó:

Moi? Sono Italiana, why do you ask me that?”

Entre divertido y a cuadros, él no supo que decir, sólo devolvió una sonrisa nerviosa puesto que aquello iba a costarle más que sus conquistas nacionales. No es que fuera un Larousse ilustrado en idiomas, pero su don de lenguas era más bien para otra clase de respuestas.

Intercambiaron contacto en redes sociales y con la promesa de escribirse, dejaron al destino la próxima vez en la que volverían a cruzarse.

Días más tarde, después de que él no consiguiera hacerse el macho ibérico como le recomendaban sus colegas, llegó a su inbox un mensaje de ella, en la que además del italiano, el francés y el inglés de su primera respuesta, le pareció adivinar algo de ruso, chapurreos en alemán y un par de idiomas más que ni siquiera le sonaban. Pensó para sus adentros que aquello iba a costarle más que otras veces, cuando de joven, con compañeros de la facultad, emborrachaban a las guiris en los chiringuitos de la playa, sin que importara demasiado la nacionalidad, con tal de quitarse el calentón.

Pensó en dárselas de entendido, tirar de traductor de Google y sorprenderla con una respuesta en los mismos idiomas, pero cada vez más, este juego de la seducción le resultaba anodino. La presa lo merecía, pero había algo en aquella chica de grandes y expresivos ojos, grandes y expresivos pechos, grande y expresiva sonrisa, que le impedía portarse como un capullo.

Comenzó a escribir su mensaje de respuesta en castellano, invitándola a tomar algo juntos un día, pero quiso seguir el juego y se despidió con un beso en tres idiomas:

“Baci, Kisses, Bisous”.

Casi al instante, ella respondió con un día, una hora y una dirección, pero no el lugar donde debían encontrarse. Otra vez más, tiró de Google y buscó algún garito cerca donde pudiera llevarla, para dárselas de conocedor de la zona y sobre todo, poder elegir algo apartado, oscuro, íntimo donde si se ponía a tiro, poder usar su otro don de lenguas.

El día señalado, llegó cinco minutos antes de la hora prevista. Odiaba esperar y por ese motivo, siempre llegaba antes para no provocar esa incomodidad en nadie a quien pudiera molestarle tanto como a él. Entre distraído y obsesionado con cada chica que se acercaba, miraba hacia todos lados, esperando que ella apareciera en cualquier momento. Justo al marcar su reloj nuevo, regalo de sus compañeros de trabajo, diez minutos pasados de la hora en la que habían quedado, alguien chistó desde las alturas.

Se giró sobre su espalda, sin saber de dónde provenía aquel insistente sonido y finalmente, miró hacia arriba, hacia las ventanas del edificio frente al que se encontraba. En una de ellas, en el segundo piso, con medio cuerpo asomando por el alfeizar, la vio. Le hacía gestos para que subiera, indicándole con los dedos la segunda planta, segunda puerta, sonriente, pero muda.

Un pequeño cosquilleo le bajó por la garganta, se hizo ruido en el estómago y punzada en la entrepierna poco después. Entró en el portal y subió de dos en dos los escalones de aquella céntrica corrala sin ascensor. Alcanzó el rellano del segundo piso y observó cómo la puerta verde del 2º2, entreabierta, le invitaba a pasar sin llamar. La empujó, notando la pintura rugosa sobre la madera y se adentró en la casa.

Escuchó, en perfecto castellano:

“Cierra la puerta por favor, estoy aquí”.

Era su voz, sin duda, así que de nuevo, pensó que todo aquel juego de seducción le venía grande. No sabía si desde el principio, todo era un engaño o si, entre todos los idiomas que ella había empleado, también se encontraría el de Cervantes. Desde luego, había conseguido intrigarle.

Caminó varios pasos a lo largo de un pasillo, con algún desconchón, sin fotos y a penas iluminado, guiado por la claridad de la calle que entraba por la ventana desde la que, pocos segundos antes, ella le había invitado a subir.

La estancia no era nada del otro mundo: una silla sepultada bajo un montón de ropa, algunos zapatos y sandalias por el suelo, un par de libros apilados junto a una estantería desvencijada que desafiaba las leyes físicas de lo vertical y en una esquina, en una cama de rinconera, ella le esperaba sentada, con las piernas cruzadas a lo indio, su larga y rubia melena recogida en una coleta alta, pantalones cortos vaqueros y una camisa, claramente de hombre, sin abrochar, arrugada sobre su regazo y dejando a la vista, las redondeces de sus curvas femeninas.

Tragó saliva. De repente, sintió que se le había secado la boca, la lengua se le había dormido y el intelecto luchaba por salir entre los botones de la bragueta de sus pantalones vaqueros. Trató de calmarse, sonrió forzado y entre pregunta y respuesta, dijo:

“¿Así que ésta es tu casa?”

Ella no contestó al instante, le miró, se mordió el labio inferior, paladeando la respuesta que pondría en juego, sobre el enrevesado tablero del juego del flirteo que ya iba ganando y contestó:

“Da, eto moĭ dom” (en ruso: sí, esta es mi casa).

Si alguien le hubiera hecho una foto en ese momento, probablemente habría ganado cualquier concurso de retrato en el que se tuviera que plasmar la Incredulidad. Ella debió entenderlo así, le fotografió con la mirada para guardar copia en blanco y negro de su rostro, y sabiéndose triunfadora, le tendió la mano.

“Ven”.

Alargó su mano hacia ella y se sentó a su lado. Ahora era ella la que le comía con los ojos, se inclinó hacia él, entornó los párpados, le embriagó de su colonia fresca el olfato, le acarició el alma con las puntas de los dedos, entreabrió sus labios y le besó.

Por un momento, por un solo instante, ese beso fue su mundo, el de ambos. Entrelazaron apasionados, juguetones, cariñosos, sexuales, morbosos, amistosos sus lenguas empapadas en saliva, en conocimientos sin palabras, en las bocas de todos los otros a los que uno y otro habían besado antes. Fue un beso sin idioma, sin lenguaje.

Al separarse, dejándose huérfanos de la misma sed, ella le miró, sin soltarle la mano, sin taparse pudorosa la delgada línea curva de su pecho izquierdo que asomaba junto a los botones y le susurró:

“Tenemos mucho de qué hablar”.

Fin, Fine. The End. Ende.


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