Posteado por: Pedro | 25 mayo, 2011

El tren de los momentos

(Respecto al título, que me perdone Alejandro Sanz y sobre todo, si entre mis lectoras o lectores, hay algún fan suyo. ¡Chitttttssss, no le digáis nada a la SGAE… no vaya a ser que…!)

Las carne y hueso y un par de minutos de pellejo. No sabes si llegas pronto o tarde a la estación de Santa Justo a Tiempo. Olvidaste comprar el billete y no llevas instantes sueltos, pero nunca sabes cuál es el precio para abordar el tren de los momentos.

Buscas en el vestíbulo el reloj que indica el andén correspondiente a tu vida sin saber si alcanzarás a tiempo las escaleras mecánicas que te precipiten al andén de pasado, tu presente o tu futuro.

Una vez en la vía, con un pesado equipaje ligero de vivencias, recuerdos e ilusiones, te escabulles entre los otros pasajeros, aquellos que nunca conocerás, con los que evitas volver a coincidir o con los que tal vez luego charles entre compartimentos.

AVE de locomotora antigua, a vapor de lágrimas ya lloradas y humo de otros humos. Vagones familiarmente familiares, conocidos, vacíos, llenos o a medio ocupar. Enganchados con engranajes de amor, amistad, odio y aleación forjada de nostalgias.

Recorrido por delante y detrás de la cabecera y la cola, ciudades, paisajes, espacios oníricos que pueblan el atlas de la memoria, así como páginas y capítulos en blanco aún por imprimir con mares, pueblos, lugares secretos y caminos por andar.

¡Pasajeros al tren!, oyes gritar al jefe de estación cuyo semblante has visto antes en otras caras y otros gestos, en padres, hermanos, novios, amigos, jefes o compañeros. Suena el silbato, aguda y chirriante dulce melodía atronadora que llena de bilis amarga tus oídos.

Movimiento en déjà vu, pausado, conocido, constante, creciente. Acelera la locomotora con su hiriente chimenea vertical, rasgando el cielo azul y gris plomizo que ya ha llovido sobre tu cabeza. Sol que te deslumbra al mirar por la ventana de tu vagón de tercera, en madera, tallada de incertidumbres y certezas ya vividas.

Carbón que eléctricamente mueve los engranajes de la maquinaria pesada que es tu vida ligera. Primeros metros ya recorridos en cientos de centímetros previamente andados, rodados o corridos. Miras y volteas tu reloj de arena y dejas atrás Madrid. No sabes si detrás o todavía por delante te espera Granada, Tenerife o quién sabe qué lugar. Recuerdas una de esas frases que Pedro saca de películas: “un sitio sólo vale, lo que valen las personas que hay en él”. Recuerdas olvidar a propósito tu reloj biológico y el despertador en la mesilla de tus noches en vela.

Raíles de tiempo, traviesas traviesas sobre el pesado balasto de piedra pulida con tus esfuerzos, tus penas y tus sufrimientos, que te llevan ahora camino a ningún instante concreto o a todos los momentos precisos, sinuosos y rectos días, semanas, meses, años por vivir.

Llega el revisor, ciego y sordo espectador de tu viaje presente hacia el futuro. Te perdona la multa por entregar el billete; papel con derecho adquirido hacia tu segura felicidad venidera.

Tienes la sensación de recorrer estaciones ya visitadas sin el sentimiento de estar saltándotelas. No se anuncian las paradas y la megafonía muda escupe notas de canciones que enternecen tus oídos.

El traqueteo te adormece, duermes dormida mi sueño recurrente y comienzas a pasar por encima de ese puente infinito sin pilares que lo sostengan. A diferencia de mí, tú no miras hacia abajo, sólo te espera lo que tienes en frente y llegas al otro lado, despertando con una sonrisa porque has superado una etapa más, aquella en la que nos conocimos.

Incomodidad cómoda de un vagón al que tantas otras veces, ya subiste. Vagón restaurante de los sabores ya paladeados en otros dulces, otros manjares y otras bocas besadas con sed. Te rodean pasajeros más cercanos, los amigos, polizones ajenos a tu viaje pero que forman parte del destino al que te diriges, acompañándote sin molestar, pero con la molestia de llevarlos contigo dejándolos atrás.

Te cruzas con otro tren, uno ya pasado en el pasado. Trasbordo perdido hacia lo desconocido, conexión cedida a lo ignorado. Vagones de otros, propios ajenos, que te pertenecieron siendo tuyos antes y que nunca volverán. Sonríes.

Bajo tus pies, notas como alguien acciona remotamente el cambio de vía, el destino está cerca, tu parada. Aguja hipodérmica que se clava sobre las venas de tu ahora, extrayendo la sangre necesaria para regar el corazón de tu cambio, por el que has optado. El viento fuera hace que el humo invisible varíe de rumbo, orientándose hacia la estación del mañana que aún está por llegar.

Y llegas. Bienvenida a tu destino. ¡Suerte!

N. del B. (Nota del Bloguero): esta entrada está dedicada a dos grandes amigas, Inés y Gema, que entre ayer y hoy, han compartido conmigo sus cambios, me han enseñado ya sus billetes hacia la nueva vida que han elegido y a las que deseo de corazón la mejor de las suertes porque las quiero. ¡Feliz viaje!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: