Posteado por: Pedro | 24 mayo, 2011

Historia no escrita

Le pidió que no escribiera sobre ella. Dijo: “hay leyes de protección de datos”. Siempre recelosa de su intimidad con él, siempre huidiza y socialmente esquiva menos con todos los demás.

Ella no quería que él, con quien había compartido tres años de vida, de amor, pudiera relatar todo lo que tenía dentro, lo que ella le había dejado y que ahora necesitaba sacarse del interior. Escribir debía ser el exorcismo de las cenizas aún calientes que abrasaban su pecho y le quemaban aún el corazón calcinando su alma.

No lo entendía, no entendía que igual que le había dedicado aquellas líneas antes, necesitaba hacerlo ahora. Igual que ella leyó en el extranjero sus cuentos y lloró con sus fábulas, con sus historias fantásticas en las que sólo ellos dos eran los personajes, ahora y sólo ahora, el tenía que volver a desangrarse línea a línea en una diálisis de sinceridad, sin rencor, pero purificadora.

Él no alcanzaba a comprender cómo después de tantos años, de haberse desvivido por ella, de entregarse hasta el infinito por su relación, de haber aguantado porque quiso carros, carretas, trenes, aviones, distancias, silencios, insultos y gritos, ella de repente callaba. Su mutismo era aún más doloroso que su adiós.

Ella parecía no recordar que era su Princesa Prometida y él, su ángel de la guarda. No sentía ya las olas del Atlántico enfriando sus cuerpos, en aquella Praia da Rocha, cuando sellaron en madera sus votos. Se habían evaporado las lágrimas, de pura alegría, que ambos habían llegado a derramar cuando hacían el amor.

Él no podía ni escribir una línea para recordar aquel bar, aquella noche en la que se conocieron, aquel cielo estrellado que ambos compartieron y en el que lograron contar todo el firmamento. Ella le había prohibido redactar nada sobre su distancia, sus sms, su reencuentro, aquella escalera de Príncipe Pío que sellaba de nuevo sus bocas. No le estaba permitido ponerle nota a su “asignatura pendiente”.

Ella tampoco quería que él expresara su sufrimiento cuando de nuevo las ausencias, las distancias y su cuerpo, les pusieron a prueba con enfermedades, becas, extranjeros y regresos obligatoriamente inesperados.

De nada valía ahora que él no tuviera la necesidad de mirar fotos para recordar momentos y plasmarlos en papel, de nada servía su deseo de trazar sobre el mapa sus Estambul, Barcelona, Valencia, Huelva, Málaga, Santander, Londres, Zaragoza…

Parecía tener miedo de que él pudiera contar sus secretos de alcoba, ese beberse una cerveza mirándose a los ojos y el tintineo de la máquina tragaperras que pagaba siempre con unas monedas su felicidad.

Ella no quería que él pidiera públicamente disculpas por sus errores, por su falta de paciencia y de oído con ella. No podía ahora narrar la impotencia que sentía cuando a ella, la vida, esa gran hija de puta, se atrevía, osaba hacerla daño y él no podía poner el parche antes de su herida. No podía volver a contarle al mundo que lo que ella entendía como menosprecio, era puro proteccionismo porque como solía decirle: “nadie se merece sufrir”. No podía enmendar su parte de error, redactando un párrafo sobre cómo la echó de su casa y después no podía mirarse ni al espejo del bochorno.

Se quedó sin poder expresar como mejor sabía hacer: escribiendo. Se quedó sin palabras, a solas con sus silencios y la puerta entreabierta de su alma. Se le constipó el corazón con la corriente mientras se le escapaba el gato. No vomitó ni una línea de incomprensión cuando se terminó, se lo había negado.

Cumplió su palabra y nunca más escribió sobre ella. Tal y como ella le había amenazado. Él se limitó a responder, como siempre había hecho, como le gustaba:

Como desees”.


Responses

  1. ¡Qué bonito!. ¡Cuánto me hubiera gustado que alguien, -hace mucho tiempo, o poco tiempo-, siquiera hubiera sentido la necesidad de escribir por mi cosas como esas! … a ver… es ficción… no te dejes arrastrar… ¿es que crees que es real todo lo que lees?, pues si …


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