Posteado por: Pedro | 19 diciembre, 2012

Hoy hace un año

Hoy hace un año de muchas cosas, hace un año del 19 de diciembre del año pasado para ser exactos, hace un año que besé a la que hoy es mi mujer, hace un año que me desperté algo más tarde de lo habitual, hace un año que hablé con mis padres o escribí whatsapp a mis compañeros y amigos.

Pero también hace un año que me quedé sin trabajo y es de eso de lo que quiero escribir hoy. Hace un año, bueno, exactamente un año y dos días que la empresa para la que trabajaba empezó a mirarse el bolsillo y darse cuenta de que cuando uno juega con tijeras, al final la tela se rompe y el dinero se acaba perdiendo por la pernera del pantalón.

Hace un año que mi antigua compañía prescindió de su directora de marketing, de una trabajadora incansable y una excelente persona. Hace un año que nuestro jefe, lloroso, nos convertía en un número más entre tantos que no le cuadraban. Hace un año que a mi amigo y compañero, recién casado y pensando en una próxima paternidad, le robaban el futuro que tanto le había costado conseguir con su propio esfuerzo.

Hace un año que las palomitas dejaron de estar tan ricas porque un “Terminator”, llegado no sólo para quedarse, sino para aniquilar todo a su paso, borraba de las ecuaciones contables a tantos y tantos otros, personas, trabajadores, compañeros, para que algo que ya se había roto mucho antes, pudiera remendarse.

Hace un año comenzó la tortura, cercenando las vidas, las ilusiones y el amor por esa compañía, con nombre de monte, de aquellos que continuaban en sus sillas, delante de sus mesas, con sus ordenadores, pero sin entusiasmo, sin ilusiones, sin motivación, sin nada más que tiempo por consumir entre tornos de salida y entrada.

Y sí, hace un año que entré a formar parte de la mayor empresa de este país. Un año exacto de levantarme pronto por las mañanas como para ir a trabajar, cuando en realidad el verdadero trabajo era el de buscar un trabajo. Han pasado 365 lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos al sol… y a la lluvia, y al viento, y a las nubes que te aplastan el ánimo y te vuelven gris.

Hace un año que se confirmaba lo que ya habían demostrado: que nadie nace sabiendo y mucho menos, aprende sin querer hacerlo. Que las “O” no se hacen sólo con un canuto y que las buenas ideas, cuando no se tienen, es mejor tomarlas prestadas de otros. Que la desconfianza, la ignorancia, la soberbia, la prepotencia, la chulería, la falsedad no hacen mejor al que las posee, pero sí más listo al que las evita, las corrige o las oculta en favor de los demás. Que un equipo no lo es si no se hace. Que “escuchar” no está reñido con mandar y que para mandar, primero hay que aprender a obedecer. Que tras las puertas de un despacho de cristal, por mucho que tu puerta esté siempre abierta “para lo que necesitéis”, no está el mundo real, no está el oficio y mucho menos el beneficio. Que como dibujó el gran Forges en una de sus viñetas del diario El País: “¿te reúnes o trabajas?“, no es una pregunta, es ironía, retórica, un consejo hacia la que dentro de la compañía se pensaba que por estar más tiempo reunida y con más gente, se trabajaba más o se era más productivo.

Hoy hace un año de algún proceso de selección, de entrevistas, de nuevas oportunidades que hasta la fecha no se han concretado. Porque la valentía del que selecciona, del que elige, del que busca entre un mar de candidatos, reside en apostar por el talento, no en ser un contable más al servicio del que en tiempos de crisis confunde el ahorro en capital humano con unos pocos miles de euros que se quedan en su bolsillo roto.

Hoy hace un año de ese sueldo millonario de la recién llegada, condenando al exilio al que ya hacía su trabajo antes de su llegada y ha condenado hace unos pocos días al destierro a la que lo hacía como debe ser: BIEN.

Y tal vez con esta entrada, con este nuevo post, con este nuevo paso en mi camino por la vida que es este blog, me coloque algunas piedras en mi propio trayecto, pero sólo os digo algo:

– Si eres un reclutador y lees esto, no confundas con resquemor hacia una antigua empresa o sus dirigentes, lo que en realidad es un texto literario. Te recomiendo que te fijes en lo que digo y que te atrevas a preguntar por qué lo digo, que te intereses por mi realidad, por mi último año del que hoy hace un año, que me dejes contarte cuáles eran mis ilusiones y cuáles son ahora. Descubre en este texto y en los anteriores a la persona más motivada que vas a poder encontrar en tus selecciones futuras. Te invito a ti, headhunter, persona de RRHH, reclutador o curioso, a descubrirme y juzgarme cuando me conozcas.

– Si eres un antiguo compañero, espero que lo disfrutes y agradezcas que alguien haya dicho lo que muchos pensábamos. Me encantaría que dejaras un comentario al pie. Di lo que piensas, expresa lo que sientes y comparte tu último año. Tal vez hayas tenido más suerte y me alegro por ti desde aquí.

– Si eres el dueño del pantalón con los bolsillos rotos, su hermana, su robot aniquilador, la del sueldo millonario o cualquier miembro de la empresa de la que hablo, también te invito a saber, a conocer, aunque sea de este modo, lo que ha pasado desde hace un año. A veces, cuando leemos y releemos algo, nos hacemos conscientes de una realidad que se nos escapaba a simple vista, de la que nos escabullíamos o que repudiábamos. Si es así, pasa, aquí también eres bienvenido como lo fuiste en mi día a día durante dos años y medio. No veas dolor en estas palabras, ni odio, ni resquemor, sólo escucha, lee, piensa, recapacita y cambia… cambia por el bien de todos aquellos que integran el capital humano que sigue a tu lado. Un consejo: cuídalos. Estás a tiempo.

Hoy hace un año que pensé en escribir este texto. Me he dado un año de margen. Me espera un nuevo año con muchas ilusiones, proyectos personales, familiares y de vida. Tengo amputada mi capacidad de esfuerzo, mi sacrificio y mi sentido de la utilidad laboral y profesional… afortunadamente, me quedan muchos años más para contar, cada segundo, cada minuto y cada día, esperando una nueva oportunidad. Sigo caminando.

¡Felices fiestas a todos!

Posteado por: Pedro | 30 mayo, 2012

¿Nos hacemos los suizos?

Sí, ya sé que la expresión correcta es “hacerse el sueco” o lo que es lo mismo: desentenderse, hacer como que las cosas no van con uno, pasar desapercibido, no implicarse… Pero esta nueva entrada va justo de lo contrario a lo que hacemos en nuestro país, va de propuestas, va de ideas que podríamos intentar o bien copiar, versa sobre el benchmarking transnacional; en resumen, sobre cómo tratar de hacer que las cosas funcionen un poco mejor.

Recientemente, he pasado unos días visitando a la mejor amiga de mi novia Marta (¡Bea gracias por la acogida!). Nacida en Zúrich, de padres leoneses, ha vivido prácticamente toda su vida en Suiza. Se ha hecho persona allí y aunque le encanten los zumos del Mercadona y el tomate Orlando, no deja de ser más suiza que las Victorinox.

Allí, cuando eres un enano, te educan en la diversidad. Suiza, por su histórica neutralidad, recibe inmigración de muchos países de todo el mundo; desde refugiados políticos del Líbano o de los Balcanes, hasta una gran masa trabajadora de países que están atravesando sus respectivas crisis como Grecia, Portugal o España. Los niños suizos acuden a la escuela y se encuentran en minoría cultural, religiosa y étnica. Cada día, se saludan en las lenguas oficiales: alemán, italiano y francés, además del dialecto suizo-alemán, pero también dan los buenos días a sus compañeros de otros países en sus propios idiomas y así, no es raro, que aprendan las palabras básicas de cortesía en español, portugués, eslavo u otros. Van creciendo en la creencia de que no son mejores por haber nacido en un país mucho más rico, que no tienen más derecho a la educación por ser caucásicos o ser suizos de nacimiento.

Con el paso de los años, todos estos niños reciben la visita de un policía en su aula. Con una canción aprenden a cruzar la calle y muy concentrados realizan sus primeras prácticas acompañados en una carretera secundaria. Después, uno por uno, aprenden a mirar hacia ambos lados, antes de cruzar la calle en una carretera con más tráfico. Como premio, todos reciben un chaleco reflectante (por favor, poneos en la mente de un crío que recibe semejante trofeo) y desde entonces, auténticos micos que no levantan más de dos palmos del suelo, indican con su mano extendida a los coches que se detengan porque van a cruzar y no sólo eso, ¡los coches les hacen caso y se detienen!

Y hablando de los coches, sea porque los conductores han aprendido desde niños una educación vial en condiciones o fuere porque existen radares como buzones de correos cada x metros, ¡se respetan los límites de velocidad!

Radar fijo en Zurich

Y no sólo eso, sino que además, ¡no existe la doble fila! Los propios conductores pueden aparcar en determinadas zonas, algo similar a nuestras tarjetas de residentes, pero si por ejemplo, aparcan en una zona que no les corresponde, sobre el salpicadero del coche, seleccionan manualmente, en un indicador de cartón, a la hora a la que aparcan, de modo que pasado un tiempo determinado, deben retirar el coche de esa zona o arriesgarse al pago de una multa. ¡Son ellos mismos los que dicen a qué hora llegan y conscientes de la limitación de tiempo, retiran el coche antes de que se cumpla el plazo! Desde luego la picaresca es algo muy nuestro.

No voy a repetir aquí las cifras del paro juvenil en nuestro país. Vale, que como dice mi padre, no podamos comparar la población y la riqueza de Suiza con España, pero allí, cuando un adolescente llega a los 16 años tiene la posibilidad de firmar su primer contrato laboral por un periodo de tres años. Hasta que cumple los 19 años, el joven completa sus estudios al tiempo que adquiere experiencia y práctica trabajando; tres días por semana trabaja en el área de interés relacionado con sus estudios y los otros dos días, continúa estudiando hasta obtener antes de cumplir los 20 años, el equivalente a un título universitario, pero con la ventaja de haber adquirido tres años de experiencia profesional. No ha lugar al absentismo escolar puesto que en esas edades tan complicadas, donde nos parecemos más a un pavo u hormona con patas que a una persona, las ausencias, bien al trabajo o bien a los estudios, han de estar justificadas no sólo por el centro de formación, sino también por un supervisor o jefe en su empleo. Igualito que nuestra Formación Profesional o los precarios contratos basura o de prácticas.

Y para colmo, también desde los 16 años, durante el aprendizaje, las empresas motivan a los jóvenes para que no fumen, sean fumadores o no. Al finalizar cada año, aquellos adolescentes que hayan dejado sus pulmones libres de humo, reciben una compensación económica de mil Francos suizos que el premiado empleará en agasajar a sus compañeros de oficina con una cena. ¡Aquí somos más del “cigarrito pa’l pecho por lo bien que lo hemos hecho!”

Podría seguir y seguir, pero me quedo con las vistas del Lago de los Cuatro Cantones (en Lucerna)

Lucerna

y con la barbacoa en casa, en la terraza del piso de Bea. ¡Sí, sí, barbacoa en un piso! Allí casi todos tienen una barbacoa de gas, que permite cocinar verdura, carne o lo que a uno le apetezca, sin aceite, sin apenas humos, sin molestar a los vecinos con ese olor a fritanga tan “typical Spanish”. ¡Y por cierto!, cada ciudadano compra sus bolsas de basura al gobierno directamente, de modo que todos los desperdicios han de depositarse en éstas, bajo pena de multa de no hacerlo así y de paso, se recicla, se ahorra en impuestos de basuras y se mantiene limpia la ciudad.

Con todos mis respetos hacia los escandinavos… ¿nos hacemos los suizos?

Posteado por: Pedro | 10 mayo, 2012

¿Te reúnes o trabajas?

Siempre me ha gustado leer las viñetas del gran Forges en el diario El País; me hacían gracia sus monigotes de trazo simple, esos personajes de grandes nasos, pero sobre todo, el contenido de los bocadillos a través de los cuales hablaban y que realmente daban el contenido al dibujo.

Recuerdo y a menudo, he comentado con compañeros de trabajo, una viñeta en la que un empleado preguntaba a otro: “¿te reúnes o trabajas?“. Esa cuestión, paradigma del desarrollo organizacional básico en cualquier empresa es hoy en día una de las muestras más evidentes de cómo se están haciendo las cosas en muchas compañías españolas.

Vienen a mi memoria, en mi pasado profesional más reciente, interminables reuniones en las que se exponían argumentos desordenados, puntos de vista a lo “Sálvame“, es decir gritando y tratando de aplastar con decibelios lo que la razón no sostenía ni con alfileres, sólo por el hecho de aparentar que lo que uno decía era más importante que lo que exponía el resto.

Recientemente, también revivo cómo directivos, de esos nacidos del “padrinismo, el enchufismo o el por ser vos hijo de quien sois“, abandonaban reuniones convocadas por ellos mismos porque una comida urgente y 45 minutos de siesta les reclamaban en sus aposentos. Aún frescos en mis oídos permanecen esos infernales sonidos de Blackberry, Iphone, Ipad o similares que les avisaban de que la langosta servida en sus casas por el servicio doméstico no podía esperar. Esos mismos directivos (y os recuerdo que la etimología de la palabra tiene raíz latina, aludiendo a quien dirige, del vocablo “dirigere” que significa ordenar en muchas direcciones, es decir, una tarea eminentemente administrativa) que nos reunían para preguntar únicamente por resultados, sin tan siquiera ser capaces de sumar dos más dos.

“Está vacilándonos”. “¿Va de listo o qué?”. “¡Joder con el nuevo, qué fuerte empieza!”

Éstas y seguro que muchas otras reflexiones debieron pasar por la cabeza del primer equipo de trabajo que tuve el placer de dirigir, cuando convocados con anterioridad a nuestra primera reunión, recibieron en sus correos electrónicos un “orden del día“, puntos que seguiríamos posteriormente con meticulosidad, reloj en mano y orden.15 minutos escasos de reunión, las labores repartidas, los mensajes explicados con claridad, ruegos y preguntas finales, y todo al mundo a trabajar con la sensación de haber sido escuchados y no haber perdido más tiempo del estrictamente necesario, lejos de aquellos “ejercicios comerciales” que tanto gustaban a uno de los jefes y que podían prolongarse por horas y horas.

Lamentablemente, aquello de la gestión del tiempo, en la que tantos otros dirigentes recientes han invertido cantidades ingentes de dinero de sus organizaciones, para enseñarme/enseñarnos a emplear bien nuestras horas en el puesto de trabajo, no se les pegó en absoluto. Confundían el “orden del día” con el “menú del día” sin el que nos quedábamos o que aún tratábamos de digerir en nuestros estómagos, cuando nos convocaban a inaplazables reuniones a la hora de comer o inmediatamente después… El sopor hacía el resto.

Reuniones que solían empezar tarde y acabar todavía más tarde; convocadas mal y pronto, no en cuanto a horario se refiere (“a quien madruga, Dios le ayuda“), sino con la improvisación del que no puede ocultar sus carencias porque no sabe, o de quien debe rendir cuentas posteriormente al ser superior, sin saber sobre tales o cuales asuntos.

Ahora que tan preocupadas están las empresas por la reducción de costes, aún a costa del principal activo de sus compañías: el humano, me gustaría terminar esta nueva entrada con una reflexión numérica muy simple.

  1. Si un trabajador tiene un salario bruto anual de 30.000 €.
  2. Si una cifra aproximada de horas laborales por año trabajado podría ser de 1.740 horas.
  3. Al dividir, obtenemos que cada hora de trabajo de ese empleado, le cuesta a la compañía 17 €.
  4. Supongamos ahora que la empresa tiene 1.000 empleados.
  5. Y que cada empleado dedica un promedio de 2 horas semanales a reuniones infructuosas, inútiles, mal convocadas, pésimamente organizadas e improductivas.

La empresa estaría desperdiciando un millón y medio de euros anuales en reuniones. Una cifra escandalosamente preocupante como para detenerse a reflexionar en si merece la pena reunirse o trabajar“.

¿No os parece? Os dejo… tengo una reunión.

Posteado por: Pedro | 17 diciembre, 2011

Busco empleo: mi currículo vitae.

¡Hola de nuevo a todos!

Siento “aprovecharme” de vosotros lectores para demandar ayuda. Como muchos ya sabréis, mi compañía, después de dos años y medio, ha decido prescindir en masa de algunos trabajadores en el día de ayer, a tan solo una semana de las navidades. Nos hemos quedado sin trabajo varios compañeros.

Los motivos no son en ningún caso disciplinarios o de incumplimiento de nuestras funciones. La compañía aduce causas o razones objetivas estrictamente económicas que le obligan a tomar esta medida para no poner en serio riesgo su estabilidad económica y perdurabilidad.

Creo que con un poco más de tiempo, dedicaré unas líneas o una nueva entrada a esta situación y la de muchas otras empresas, porque creo que escribir ahora “en caliente“, me haría decir lo que realmente pienso y siento, en lugar de lo política y laboralmente correcto. Os prometo que esa nueva entrada llegará…

Me gustaría subir aquí mi currículo profesional para que esté disponible y fácilmente accesible para todos, por si surgiera alguna oportunidad profesional y bueno, por qué no, también para que todos me conozcáis en el aspecto laboral. Podéis contactar conmigo a través de mi twitter @p_nietof o bien dejando un mensaje en el blog.

Quedo eternamente agradecido de antemano, no sólo por leerme una vez más, sino por cualquier ayuda que podáis prestarme.

“Profesional todoterreno, responsable y muy trabajador. Con amplia experiencia multisectorial y en el ámbito de la comunicación, el marketing y la publicidad. Amplia red de contactos y capacidad para el desarrollo de nuevos negocios”.

Experiencia profesional

  • Agosto 2009 – diciembre 2011. Responsable B2B y Contenido Alternativo en el departamento de marketing. Yelmo Cines.

Negociación de contenidos alternativos para el espacio cine y pantallas (fútbol, ópera, conciertos, musicales, etc.). 1.800.000 € de ingresos brutos generados para la compañía en dos años.

Responsabilidad en la comunicación y marketing de contenidos (relación con los medios, entrevistas, redacción de notas de prensa para aperturas, proceso de digitalización, etc.)

  • Enero 2008 – abril 2009. Business Development Manager para España y Portugal del Dyson Airblade™ (nuevo producto). Dyson España.

Negociación con proveedores y clientes (AENA, El Corte Inglés, Acciona, etc.)

Gestión de una red nacional de distribuidores y un ayudante comercial.

Presupuesto BBI aprox. de 90.000 £. Elaboración de los planes de marketing y media. Gestión y desarrollo de la página web, funciones de media communications manager.

  • 2004 – 2007. Jefe de Publicidad de Cadena Dial y Radiolé Madrid. Solomedios S.A. del Grupo PRISA.

Dirección de un equipo de 6 comerciales.

Gestión de grandes cuentas e interlocución con agencias y centrales.

Gestión de eventos, patrocinios, campañas ad hoc y venta multimedia.

Responsabilidad sobre una cartera de 2.000.000 €.

  •  2003 – 2004. Ejecutivo de cuentas en GDM (Gerencia de Medios) del Grupo PRISA.

Captación de nuevas cuentas. Enfocado a la venta multimedia de soportes.

  • 2002 – 2003. Ayudante de producción y redactor de casting del programa de la BBC “The Weakest Link” (“El rival más débil”), de la Primera de Televisión Española. Productora Splendens Ibérica S. L.

Selección de concursantes, briefing de participación y seguimiento. Producción del programa.

  • 2001 – 2002. Responsable del gabinete de prensa en la Dirección General de Política de la Pequeña y Mediana Empresa (DGPYME), dependiente del Ministerio de Economía.

Especializado en prensa internacional (corresponsalías en España de medios internacionales).

Redacción de discursos y difusión de los proyectos de la Dirección.

Participación en la organización de una cumbre inter ministerial.

Gestión, actualización y remodelación de la página web.

  • 2000 – 2001. Desarrollador de contenidos en la página web oficial del Real Madrid C.F., así como de la revista oficial del Club y la Guía oficial de los partidos.

Redacción de noticias, entrevistas y reportajes en todas las secciones del Club. Intérprete.

  • 2000 – 2001. Redactor en el portal de contenidos informativos y de canales temáticos para internet (www.alo.com).

Actualización y redacción de noticias de actualidad diaria.

Elaboración de contenidos temáticos: reportajes, crónicas, entrevistas, etc.

  • 2000. Redactor en la sección política (Nacional) de la Agencia EFE.

Seguimiento de la actualidad política nacional diaria. Elaboración de teletipos.

Formación académica

2004. Técnico en Marketing. Centro de Estudios Financieros (CEF). Madrid.

1996 – 2000. Licenciatura en Periodismo. Facultad de Ciencias Humanas y de la Comunicación. Universidad San Pablo CEU.

1995 – 1996. Primero de Administración y Dirección de Empresas. Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad Complutense de Madrid.

Formación complementaria

  • Idiomas
    • Inglés: nivel alto hablado y escrito, negociación (Proficiency).
      • Tres años de inglés periodístico avanzado, por profesional nativo.
  • Francés: nivel medio.
  • Italiano: nivel básico. Primer curso completo del Instituto Italiano di Cultura (Madrid).
  • Marketing – comercial y ventas
    • Herramienta de CRM: SALESFORCE (en inglés).
    • Desarrollo de las habilidades de gestión y dirección de equipos / Habilidades comerciales y negociación / Técnica de ventas, tele-concertación y medios
  • Informática
    • Ofimática: nivel avanzado (paquete Office) e internet.
    • Social Media: usuario avanzado Facebook, Twitter, Google+ y blogger (WordPress).
Posteado por: Pedro | 26 septiembre, 2011

De mi amor y literatura

¡Hola de nuevo lectores!

Tranquilos, no se me ha llevado ningún perro en la boca durante el verano, pero sí es cierto que mi vida ha dado un cambio, un giro radical, sustancial, vital, que todo lo ha modificado para bien, para mejor, para increible… y para siempre: el amor. Ella es Marta.

Quiero compartir con todos, conmigo mismo, con ella, la felicidad que siento. Esa necesidad de exteriorizar, de sacarse de dentro las mariposas para que revoloteen, de compartir e irradiar alegría, de edulcorar diabéticamente a todo el que lea estas palabras con el mismo ansia que yo las escribo.

Siempre he pensado que lo más importante en la vida no era ni un buen trabajo, ni un buen sueldo (el que tenga las dos cosas, que se pase a verme y me explique cómo lo hace); tampoco le daba tanta importancia a la familia y como ya sabéis, los pocos, pero inmejorables amigos que poseo, no necesitan que les de la relevancia que ellos mismos, en nuestro día a día, se han ganado a pulso. Lo más importante en la vida, para mí, siempre ha sido poder describir con palabras la plenitud que te da el amar y sentirse amado; completarse en alguien, encajar en un puzzle romántico de dos mitades que se funden sin solución de continuidad. De eso quería escribir en mi vuelta al cole, de mi amor y su literatura. Quería hablaros de Marta, quería hablarle a Marta porque se merece estas líneas y en todas las que escriba hasta mi final, quiero y deseo que esté presente.

Es curioso cómo, a veces, ella se queda callada, se atasca graciosamente en una frase y como el bombero que acude raudo para apagar un incendio, llego y la socorro prestándole la palabra que le falta. Es una de las maneras en la que cada día, le regalo mi amor y mi literatura. La otra, la más importante, la que hace que se me vacíe el alma en una sucesión literada de arrullos, es con la que intento hacerla feliz. Es con la que intento que cada día, en cada sentencia, en cada frase, en cada sujeto con su verbo, en cada adjetivo, ella sepa y escuche de mis labios que se ha convertido en el TODO que me ocupa la mente, me llena la vida y me alegra el corazón.

Marta, extraordinaria, eso es lo que eres… te siento única, magnífica e inigualable. La naturaleza es tan sabia que no crea a dos seres iguales… excepcional, así eres, lo que veo cada día desde que te ví la primera vez. No hay nadie como tú. Tu composición emocional se vertebra en miles de buenos sentimientos, los que tenías antes, los que te surgen nuevos, los que has copiado de otros, los que te han enseñado, los que has experimentado y los que has sufrido.

Nadie siente de la misma forma: cómo te levantas por la mañana, cómo reacciona tu piel si te hacen gustitos, no hay otra risa como la tuya, tus lágrimas no las pueden llorar otros ojos y son el agua que destilan tus emociones, tu manera de sentir y de filtrar los sentimientos que forman lo que eres.

Y para cuando no todo sea como te gustaría, para cuando estés triste, preocupada o agobiada; cuando no puedas solucionarlo todo ya, cuando te pueda esa cabezonería que me encanta, cuando necesites un abrazo y no lo pidas o para ahora mismo. Ahora… justo ahora: cierra los ojos un segundo y trata de recordar un solo momento agradable, recupera el instante, los colores, los sabores o los olores, la esencia de lo que has vivido y sonríe. Eres fuerte a tu manera, tu fortaleza viene de lo que has vivido y pasado antes y de las ganas de vivir lo que te espera… hay poder en tus manos cuando agarran el stick en tu deporte y cuando regalan caricias; hay fuerza en tu mirada bicolor; hay fuerza en tus labios que a veces hablan duro, pero también besan increíblemente suave.

Eres tan única, tan extraordinaria, tan diferente, tan especial que formas parte de un todo a tu manera. Formas parte de mí, de mi corazón y lo llenas, lo haces feliz. Formas parte de tus padres, con tus discusiones, tus quejas, pero también tus complicidades y la consanguineidad que te han dado. Eres de tus amigos y amigas por las confidencias, las charlas, las cartas duras, las conversaciones, las risas, los enfados y los consejos.

Mi amor… tu eres mi literatura.

Te quiero. Sobran las palabras.

Posteado por: Pedro | 18 julio, 2011

De idiomas y lenguas

Se habían encontrado porque sí, una noche cualquiera. Él, de juerga con sus amigos, aburridos de una fiesta que no tenía demasiada sustancia y ella, volviendo a su casa, después de una cena algo más tranquila con compañeros de trabajo.

Después de un par de miradas a los ojos, de esas en las que te comes a mordiscos la boca del mirado, el se atrevió a preguntarle de dónde venía, ya que por su acento, si bien le había quedado claro que no era de Madrid, le tenía desconcertado. Ella, en pleno juego de seducción contestó:

Moi? Sono Italiana, why do you ask me that?”

Entre divertido y a cuadros, él no supo que decir, sólo devolvió una sonrisa nerviosa puesto que aquello iba a costarle más que sus conquistas nacionales. No es que fuera un Larousse ilustrado en idiomas, pero su don de lenguas era más bien para otra clase de respuestas.

Intercambiaron contacto en redes sociales y con la promesa de escribirse, dejaron al destino la próxima vez en la que volverían a cruzarse.

Días más tarde, después de que él no consiguiera hacerse el macho ibérico como le recomendaban sus colegas, llegó a su inbox un mensaje de ella, en la que además del italiano, el francés y el inglés de su primera respuesta, le pareció adivinar algo de ruso, chapurreos en alemán y un par de idiomas más que ni siquiera le sonaban. Pensó para sus adentros que aquello iba a costarle más que otras veces, cuando de joven, con compañeros de la facultad, emborrachaban a las guiris en los chiringuitos de la playa, sin que importara demasiado la nacionalidad, con tal de quitarse el calentón.

Pensó en dárselas de entendido, tirar de traductor de Google y sorprenderla con una respuesta en los mismos idiomas, pero cada vez más, este juego de la seducción le resultaba anodino. La presa lo merecía, pero había algo en aquella chica de grandes y expresivos ojos, grandes y expresivos pechos, grande y expresiva sonrisa, que le impedía portarse como un capullo.

Comenzó a escribir su mensaje de respuesta en castellano, invitándola a tomar algo juntos un día, pero quiso seguir el juego y se despidió con un beso en tres idiomas:

“Baci, Kisses, Bisous”.

Casi al instante, ella respondió con un día, una hora y una dirección, pero no el lugar donde debían encontrarse. Otra vez más, tiró de Google y buscó algún garito cerca donde pudiera llevarla, para dárselas de conocedor de la zona y sobre todo, poder elegir algo apartado, oscuro, íntimo donde si se ponía a tiro, poder usar su otro don de lenguas.

El día señalado, llegó cinco minutos antes de la hora prevista. Odiaba esperar y por ese motivo, siempre llegaba antes para no provocar esa incomodidad en nadie a quien pudiera molestarle tanto como a él. Entre distraído y obsesionado con cada chica que se acercaba, miraba hacia todos lados, esperando que ella apareciera en cualquier momento. Justo al marcar su reloj nuevo, regalo de sus compañeros de trabajo, diez minutos pasados de la hora en la que habían quedado, alguien chistó desde las alturas.

Se giró sobre su espalda, sin saber de dónde provenía aquel insistente sonido y finalmente, miró hacia arriba, hacia las ventanas del edificio frente al que se encontraba. En una de ellas, en el segundo piso, con medio cuerpo asomando por el alfeizar, la vio. Le hacía gestos para que subiera, indicándole con los dedos la segunda planta, segunda puerta, sonriente, pero muda.

Un pequeño cosquilleo le bajó por la garganta, se hizo ruido en el estómago y punzada en la entrepierna poco después. Entró en el portal y subió de dos en dos los escalones de aquella céntrica corrala sin ascensor. Alcanzó el rellano del segundo piso y observó cómo la puerta verde del 2º2, entreabierta, le invitaba a pasar sin llamar. La empujó, notando la pintura rugosa sobre la madera y se adentró en la casa.

Escuchó, en perfecto castellano:

“Cierra la puerta por favor, estoy aquí”.

Era su voz, sin duda, así que de nuevo, pensó que todo aquel juego de seducción le venía grande. No sabía si desde el principio, todo era un engaño o si, entre todos los idiomas que ella había empleado, también se encontraría el de Cervantes. Desde luego, había conseguido intrigarle.

Caminó varios pasos a lo largo de un pasillo, con algún desconchón, sin fotos y a penas iluminado, guiado por la claridad de la calle que entraba por la ventana desde la que, pocos segundos antes, ella le había invitado a subir.

La estancia no era nada del otro mundo: una silla sepultada bajo un montón de ropa, algunos zapatos y sandalias por el suelo, un par de libros apilados junto a una estantería desvencijada que desafiaba las leyes físicas de lo vertical y en una esquina, en una cama de rinconera, ella le esperaba sentada, con las piernas cruzadas a lo indio, su larga y rubia melena recogida en una coleta alta, pantalones cortos vaqueros y una camisa, claramente de hombre, sin abrochar, arrugada sobre su regazo y dejando a la vista, las redondeces de sus curvas femeninas.

Tragó saliva. De repente, sintió que se le había secado la boca, la lengua se le había dormido y el intelecto luchaba por salir entre los botones de la bragueta de sus pantalones vaqueros. Trató de calmarse, sonrió forzado y entre pregunta y respuesta, dijo:

“¿Así que ésta es tu casa?”

Ella no contestó al instante, le miró, se mordió el labio inferior, paladeando la respuesta que pondría en juego, sobre el enrevesado tablero del juego del flirteo que ya iba ganando y contestó:

“Da, eto moĭ dom” (en ruso: sí, esta es mi casa).

Si alguien le hubiera hecho una foto en ese momento, probablemente habría ganado cualquier concurso de retrato en el que se tuviera que plasmar la Incredulidad. Ella debió entenderlo así, le fotografió con la mirada para guardar copia en blanco y negro de su rostro, y sabiéndose triunfadora, le tendió la mano.

“Ven”.

Alargó su mano hacia ella y se sentó a su lado. Ahora era ella la que le comía con los ojos, se inclinó hacia él, entornó los párpados, le embriagó de su colonia fresca el olfato, le acarició el alma con las puntas de los dedos, entreabrió sus labios y le besó.

Por un momento, por un solo instante, ese beso fue su mundo, el de ambos. Entrelazaron apasionados, juguetones, cariñosos, sexuales, morbosos, amistosos sus lenguas empapadas en saliva, en conocimientos sin palabras, en las bocas de todos los otros a los que uno y otro habían besado antes. Fue un beso sin idioma, sin lenguaje.

Al separarse, dejándose huérfanos de la misma sed, ella le miró, sin soltarle la mano, sin taparse pudorosa la delgada línea curva de su pecho izquierdo que asomaba junto a los botones y le susurró:

“Tenemos mucho de qué hablar”.

Fin, Fine. The End. Ende.

Posteado por: Pedro | 6 julio, 2011

Un hombre bueno

Se despertó. Había estado durmiendo unos cinco minutos, escuchando una canción en su Iphone. El sol quemaba sobre su vientre, mientras las gotas de su propio sudor y del agua de la piscina, resbalaban hacia sus caderas.

Incorporándose, sintió un ligero mareo al abrir los ojos y quedar cegado por la luz de aquellas cinco de la tarde. Cruzó sus manos sobre su rostro y pudo oler el que durante tantos años había sido su perfume, largo tras largo, entrenamiento tras entrenamiento; olía a cloro y por un instante, se recordó sudando dentro de aquella piscina del Barrio del Pilar, mientras Antonio, su entrenador le tomaba el pulso en el cuello, para exigirle más pulsaciones en las series de velocidad.

Seguía haciendo deporte, pero aquellos entrenamientos que provocaban que toda su musculatura juvenil, segregara ácido láctico, habían pasado a mejor vida y ahora algún que otro dolorcillo, agujetas o el dichoso dolor de hombro, le recordaban cada día después, que estaba a punto de cumplir 34 años.

Ningún mensaje. Miró el teléfono y no le había escrito, tal vez entre sueños, su subconsciente no hubiera escuchado el pitido que constante, alegraba sus tímpanos desde hacía varios días que comenzaron a escribirse. Se acercó al borde de la piscina y se sentó justo en frente del socorrista, un chico argentino, aburrido tras sus gafas de sol. Metió sus piernas en el agua y sintió el frescor subir hasta sus rodillas al tiempo que descubría que había cogido colorcillo.

Se levantó de un salto, a veces se sorprendía de que sus 90 kilos de peso, le permitieran aún esa flexible agilidad. Se puso su camiseta, recogió su toalla y se marchó hacia el portal. Se cruzó con la vecina más joven de su bloque y su nuevo novio, que se peleaban por cuál de los dos iba a conducir el coche de ella.

Tomó el ascensor, abrió la puerta de casa que ni siquiera se había molestado en cerrar con llave, bebió un sorbo de agua fría y se tomó un caramelo que había cogido el día anterior, en la lujosa y original oficina de su antigua jefa, en plena calle Serrano. Se desvistió y en previsión de que ella diera señales de vida, conservó la ropa interior. Se tumbó sobre la cama y se quedó nuevamente dormido.

Volvió a sonar su teléfono y era ella. Comía con su padre y él se alegró. Justo cuando pensaba que esa comida podría venirle bien para hablar sus preocupaciones, ella escribió justo eso. Habían pasado sólo unos días, pero era capaz de adivinar o predecir algunos de sus mensajes, algunos gestos y descifrar las facciones de su cara.

Después ella le dijo que no volvería a casa con tiempo para verse. Volvió a recostarse sobre la almohada, mohino, un poco triste y aún adormecido. Una hora y media más tarde, otro mensaje pidiéndole que abriera la puerta de su casa. Como pudo, se puso un pantalón de deporte y abrió la puerta. Allí estaba ella, vestía deportiva, como a él siempre le había gustado que vistieran, desenfadada. Se miró en sus ojos, uno de cada color, y al segundo parpadeo ya sabía lo que pasaría a continuación.

A punto de cumplir sus 34 agostos, era buena gente. Honesto y sincero. Había aprendido a base de recibir hostias, levantarse y volver a caer. Era sensible, práctico, ciclotímico, puro corazón racionalizado hasta el último latido. Al tiempo que la abrazaba y lágrimas, gotas resbalaban por sus mejillas, sentía que se alejaba de él antes de haber empezado a acercarse. No sabía cómo medir esa distancia ni cuán largo sería el viaje de ida o si habría retorno. Sólo supo que le gustaba esa inmadura fragilidad, esos nervios a flor de piel y esa energía desbordada, mal canalizada hacia sí misma. Lo hubiera entregado todo para que alguna de sus palabras la hicieran feliz, pero ella había emprendido el camino hacia fuera de sí misma porque no podía visitarse por dentro, reconocerse y ser.

No le preocuparon los otros, una leve punzada de celos, le apretó contra el quicio de la puerta de la cocina, pero una vez más, otra vez más, sus palabras eran para ella, para calmarla. No pretendía convencerla, pero tuvo la esperanza de que el eco de sus frases pausadas, lineales, de palabras graves y directas, le ayudaran a encontrar el camino de regreso a sí misma.

Se marchó, lanzándole uno de esos infantiles besos de adulta. Cerró la puerta, volvió a desvestirse, se tumbó nuevamente en la cama, se aferró a la almohada y otra vez, el cloro, emanando por los poros de su piel.

No supo si volvería a él, pero quiso que regresara a ella. Volvía a ser suficiente.

Solo… un hombre bueno.

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Posteado por: Pedro | 14 junio, 2011

J’accuse

No me comparéis con Zola. Ni de lejos establezcáis una mínima analogía con Neruda. Tampoco soy descendiente de aquel Dreyfus, injustamente condenado, pero YO ACUSO.

Acuso a las miedosas personalidades con miedo, que se dejan manipular y que no creen en sus incertidumbres o dudan de sus certezas.

Acuso a las @ tras las personas, que sin antivirus, llenan de correos basura mi buzón de tiempo.

Acuso a los indecisos que toman decisiones decisivas.

Acuso a los que en alarde de cojones maltratan a sus parejas, cuando otros con sólo un huevo ganan Tours de Francia.

Acuso a los que se indignan porque existan los indignados. Son indignos de su propia dignidad, poniéndose tan dignos.

Acuso al tiempo por haber convertido los segundos, los minutos, los días, las semanas, los meses o los años en las unidades para medir los sentimientos o el amor.

Acuso al norte y al sur, a partes iguales, por encontrarse siempre tan distantes y por su intransigencia perpendicular con el este y el oeste.

Acuso a políticos y banqueros porque no nos representan.

Acuso a las medias tintas, las verdades a medias, los vasos medio vacíos o a medio llenar, a la media luz y a quien no es capaz de completarlos o vaciarlos del todo.

Acuso a los adjetivos masculinos, femeninos y neutros por su sexismo.

Acuso a las enfermedades que no tienen cura porque nos arrebatan la potestad de ser nosotros la vacuna para aquellos que perdemos, a quienes amamos o necesitamos.

Acuso a las medias naranjas que se pudren, a las almas gemelas que buscan otros cuerpos y a los que se desesperan mordiéndose las uñas tratando de hallar su carne.

Acuso a los que gastan toda su energía en consumirnos la energía al resto. Lamentablemente, el ánimo no es una energía renovable.

Acuso a los que ponen toda la carne en el asador para que otros se mueran de hambre.

Acuso a los sosos que, sin prescripción médica, nutren sus vidas sin sal ni pimienta.

Acuso a los autoritarios que confunden la autoridad con el poder y el poder con su posición en una jerarquía.

Acuso a todos aquellos que dialogan consigo mismos. Ser monologuista es otra cosa, mucho más graciosa.

Acuso a ciegos visionarios, a los tuertos que te guiñan los dos ojos y a los bizcos intelectuales.

Acuso a los tahúres diestros que hacen trampas siniestras.

Acuso a todos aquellos que un día dejaron de escribir cartas a mano, dejaron de leer en papel, se informan sin periódicos y escuchan lo que ven por televisión.

Acuso a los que son incapaces de poner los intermitentes del coche porque están ocupados hablando por el móvil al volante.

Acuso a las zanjas, agujeros, socavones y aceras levantadas porque no aparecían en mi curso de orografía para caminar por la vida.

Me acuso a mi mismo por haber sido incapaz de escribir esta entrada antes, por acabarla aquí y por teneros tantos días abandonados.

Perdonadme.

Posteado por: Pedro | 25 mayo, 2011

El tren de los momentos

(Respecto al título, que me perdone Alejandro Sanz y sobre todo, si entre mis lectoras o lectores, hay algún fan suyo. ¡Chitttttssss, no le digáis nada a la SGAE… no vaya a ser que…!)

Las carne y hueso y un par de minutos de pellejo. No sabes si llegas pronto o tarde a la estación de Santa Justo a Tiempo. Olvidaste comprar el billete y no llevas instantes sueltos, pero nunca sabes cuál es el precio para abordar el tren de los momentos.

Buscas en el vestíbulo el reloj que indica el andén correspondiente a tu vida sin saber si alcanzarás a tiempo las escaleras mecánicas que te precipiten al andén de pasado, tu presente o tu futuro.

Una vez en la vía, con un pesado equipaje ligero de vivencias, recuerdos e ilusiones, te escabulles entre los otros pasajeros, aquellos que nunca conocerás, con los que evitas volver a coincidir o con los que tal vez luego charles entre compartimentos.

AVE de locomotora antigua, a vapor de lágrimas ya lloradas y humo de otros humos. Vagones familiarmente familiares, conocidos, vacíos, llenos o a medio ocupar. Enganchados con engranajes de amor, amistad, odio y aleación forjada de nostalgias.

Recorrido por delante y detrás de la cabecera y la cola, ciudades, paisajes, espacios oníricos que pueblan el atlas de la memoria, así como páginas y capítulos en blanco aún por imprimir con mares, pueblos, lugares secretos y caminos por andar.

¡Pasajeros al tren!, oyes gritar al jefe de estación cuyo semblante has visto antes en otras caras y otros gestos, en padres, hermanos, novios, amigos, jefes o compañeros. Suena el silbato, aguda y chirriante dulce melodía atronadora que llena de bilis amarga tus oídos.

Movimiento en déjà vu, pausado, conocido, constante, creciente. Acelera la locomotora con su hiriente chimenea vertical, rasgando el cielo azul y gris plomizo que ya ha llovido sobre tu cabeza. Sol que te deslumbra al mirar por la ventana de tu vagón de tercera, en madera, tallada de incertidumbres y certezas ya vividas.

Carbón que eléctricamente mueve los engranajes de la maquinaria pesada que es tu vida ligera. Primeros metros ya recorridos en cientos de centímetros previamente andados, rodados o corridos. Miras y volteas tu reloj de arena y dejas atrás Madrid. No sabes si detrás o todavía por delante te espera Granada, Tenerife o quién sabe qué lugar. Recuerdas una de esas frases que Pedro saca de películas: “un sitio sólo vale, lo que valen las personas que hay en él”. Recuerdas olvidar a propósito tu reloj biológico y el despertador en la mesilla de tus noches en vela.

Raíles de tiempo, traviesas traviesas sobre el pesado balasto de piedra pulida con tus esfuerzos, tus penas y tus sufrimientos, que te llevan ahora camino a ningún instante concreto o a todos los momentos precisos, sinuosos y rectos días, semanas, meses, años por vivir.

Llega el revisor, ciego y sordo espectador de tu viaje presente hacia el futuro. Te perdona la multa por entregar el billete; papel con derecho adquirido hacia tu segura felicidad venidera.

Tienes la sensación de recorrer estaciones ya visitadas sin el sentimiento de estar saltándotelas. No se anuncian las paradas y la megafonía muda escupe notas de canciones que enternecen tus oídos.

El traqueteo te adormece, duermes dormida mi sueño recurrente y comienzas a pasar por encima de ese puente infinito sin pilares que lo sostengan. A diferencia de mí, tú no miras hacia abajo, sólo te espera lo que tienes en frente y llegas al otro lado, despertando con una sonrisa porque has superado una etapa más, aquella en la que nos conocimos.

Incomodidad cómoda de un vagón al que tantas otras veces, ya subiste. Vagón restaurante de los sabores ya paladeados en otros dulces, otros manjares y otras bocas besadas con sed. Te rodean pasajeros más cercanos, los amigos, polizones ajenos a tu viaje pero que forman parte del destino al que te diriges, acompañándote sin molestar, pero con la molestia de llevarlos contigo dejándolos atrás.

Te cruzas con otro tren, uno ya pasado en el pasado. Trasbordo perdido hacia lo desconocido, conexión cedida a lo ignorado. Vagones de otros, propios ajenos, que te pertenecieron siendo tuyos antes y que nunca volverán. Sonríes.

Bajo tus pies, notas como alguien acciona remotamente el cambio de vía, el destino está cerca, tu parada. Aguja hipodérmica que se clava sobre las venas de tu ahora, extrayendo la sangre necesaria para regar el corazón de tu cambio, por el que has optado. El viento fuera hace que el humo invisible varíe de rumbo, orientándose hacia la estación del mañana que aún está por llegar.

Y llegas. Bienvenida a tu destino. ¡Suerte!

N. del B. (Nota del Bloguero): esta entrada está dedicada a dos grandes amigas, Inés y Gema, que entre ayer y hoy, han compartido conmigo sus cambios, me han enseñado ya sus billetes hacia la nueva vida que han elegido y a las que deseo de corazón la mejor de las suertes porque las quiero. ¡Feliz viaje!

Posteado por: Pedro | 24 mayo, 2011

Historia no escrita

Le pidió que no escribiera sobre ella. Dijo: “hay leyes de protección de datos”. Siempre recelosa de su intimidad con él, siempre huidiza y socialmente esquiva menos con todos los demás.

Ella no quería que él, con quien había compartido tres años de vida, de amor, pudiera relatar todo lo que tenía dentro, lo que ella le había dejado y que ahora necesitaba sacarse del interior. Escribir debía ser el exorcismo de las cenizas aún calientes que abrasaban su pecho y le quemaban aún el corazón calcinando su alma.

No lo entendía, no entendía que igual que le había dedicado aquellas líneas antes, necesitaba hacerlo ahora. Igual que ella leyó en el extranjero sus cuentos y lloró con sus fábulas, con sus historias fantásticas en las que sólo ellos dos eran los personajes, ahora y sólo ahora, el tenía que volver a desangrarse línea a línea en una diálisis de sinceridad, sin rencor, pero purificadora.

Él no alcanzaba a comprender cómo después de tantos años, de haberse desvivido por ella, de entregarse hasta el infinito por su relación, de haber aguantado porque quiso carros, carretas, trenes, aviones, distancias, silencios, insultos y gritos, ella de repente callaba. Su mutismo era aún más doloroso que su adiós.

Ella parecía no recordar que era su Princesa Prometida y él, su ángel de la guarda. No sentía ya las olas del Atlántico enfriando sus cuerpos, en aquella Praia da Rocha, cuando sellaron en madera sus votos. Se habían evaporado las lágrimas, de pura alegría, que ambos habían llegado a derramar cuando hacían el amor.

Él no podía ni escribir una línea para recordar aquel bar, aquella noche en la que se conocieron, aquel cielo estrellado que ambos compartieron y en el que lograron contar todo el firmamento. Ella le había prohibido redactar nada sobre su distancia, sus sms, su reencuentro, aquella escalera de Príncipe Pío que sellaba de nuevo sus bocas. No le estaba permitido ponerle nota a su “asignatura pendiente”.

Ella tampoco quería que él expresara su sufrimiento cuando de nuevo las ausencias, las distancias y su cuerpo, les pusieron a prueba con enfermedades, becas, extranjeros y regresos obligatoriamente inesperados.

De nada valía ahora que él no tuviera la necesidad de mirar fotos para recordar momentos y plasmarlos en papel, de nada servía su deseo de trazar sobre el mapa sus Estambul, Barcelona, Valencia, Huelva, Málaga, Santander, Londres, Zaragoza…

Parecía tener miedo de que él pudiera contar sus secretos de alcoba, ese beberse una cerveza mirándose a los ojos y el tintineo de la máquina tragaperras que pagaba siempre con unas monedas su felicidad.

Ella no quería que él pidiera públicamente disculpas por sus errores, por su falta de paciencia y de oído con ella. No podía ahora narrar la impotencia que sentía cuando a ella, la vida, esa gran hija de puta, se atrevía, osaba hacerla daño y él no podía poner el parche antes de su herida. No podía volver a contarle al mundo que lo que ella entendía como menosprecio, era puro proteccionismo porque como solía decirle: “nadie se merece sufrir”. No podía enmendar su parte de error, redactando un párrafo sobre cómo la echó de su casa y después no podía mirarse ni al espejo del bochorno.

Se quedó sin poder expresar como mejor sabía hacer: escribiendo. Se quedó sin palabras, a solas con sus silencios y la puerta entreabierta de su alma. Se le constipó el corazón con la corriente mientras se le escapaba el gato. No vomitó ni una línea de incomprensión cuando se terminó, se lo había negado.

Cumplió su palabra y nunca más escribió sobre ella. Tal y como ella le había amenazado. Él se limitó a responder, como siempre había hecho, como le gustaba:

Como desees”.

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